Un paseo por las estribaciones del Himalaya

I

Javier y yo estamos terminando de preparar nuestras pequeñas mochilas, cuando un mozo del hotel de Katmandú llama a la puerta de la habitación; “Namasté”, con su saludo nos trae el primer té de la mañana. Coloca cuidadosamente la bandeja con las tazas y tetera sobre una mesita, y allí se queda de pie,  sonriente. Espera una pequeña propina por el servicio; probablemente él no percibe ningún salario por su trabajo, o si lo recibe será una cantidad bien exigua, así que trabaja prácticamente por la comida y subsiste de las propinas que quieran darle los clientes del establecimiento. Y esta vez realmente se la merece; todavía no ha amanecido y en el pequeño hotel todo es oscuridad y  silencio. Huéspedes y personal duermen todavía mientras él se ha levantado para preparar la infusión aromática y servirla recién hecha. Javier le da unas rupias nepalíes y el muchacho inclina la cabeza y se marcha, “Namasté”, tan suavemente como ha llegado, “Namasté”, le respondemos.

Mientras tanto, el guía de nuestra excursión –gerente, a su vez, del modesto hotel donde nos hospedamos- ha salido a buscar al taxista con el que ha apalabrado el viaje que nos llevará desde la capital del Nepal hasta una aldea situada a unos 40 kilómetros hacia el nordeste, en dirección a las estribaciones del Himalaya. Una vez allí, emprenderemos una marcha de unos veinte o veinticinco kilómetros a pie por la zona montañosa, parando a comer en algún hostal. Continuaremos luego la ruta y, a media tarde, más o menos porque aquí no hay horarios exactos, llegar a un pueblo donde tomaremos un autobús que nos llevará a otro pueblo donde nos recogerá el mismo taxi que nos habrá llevado por la mañana.

No  ha amanecido aún en Katmandú cuando subimos al vehículo. El conductor, Ashram, el guía y cuatro pasajeros: una pareja de viajeros italianos, Julio y Luccia y nosotros dos. Los cuatro intentamos sentarnos en los asientos de atrás. No, no puede ser, estos vehículos son chinos, no están hechos para gente en general corpulenta, como la occidental. De modo que no hay sitio para los cuatro en los asientos de atrás, así es que tendremos que distribuirnos tres y tres. Julia se adelanta con decisión y entra por la puerta delantera. El conductor, cortés, tranquilo, le dice algo a Ashram en nepalí. Es el trato entre ambos es de confianza, se ve que se conocen de otras ocasiones. Pero entendemos que algo pasa: Ashram, sutilmente, nos da a entender, en ese inglés difícil en el que nos comunicamos, que en los asientos de adelante, junto al conductor y él mismo, debe ir otro hombre. El espacio es muy reducido y no se considera apropiado que viaje una mujer, ya sea o no extranjera, en contacto tan íntimo con dos hombres desconocidos. Decoro, costumbres…es un asunto que surge con frecuencia en estas tierras y que no tiene sentido ponerse a discutir. Además, siendo sincera, la nueva disposición nos parece lo más cómodo y apropiado para todos. Javier viajará delante, la pareja italiana y yo atrás. Cada uno se acomoda lo mejor posible y el vehículo arranca.

Observo que es un coche muy bueno para lo que se ve por aquí. Un taxi de esta categoría no  lo tiene cualquiera en Nepal, ni mucho menos. Parece claro que aquellos ciudadanos nepalíes que tienen contacto directo con los turistas, en los hoteles, y, sobre todo, en la organización de rutas y trekkings, prosperan muy por encima  de la media de sus conciudadanos.

Nos deslizamos por las calles desiertas y oscuras de una ciudad que duerme. Katmandú no es muy grande y no tardamos mucho en salir al valle, en dirección nordeste. A partir de ahí yo me desoriento por completo; la estrecha carretera gira hacia un lado y hacia otro, bifurcándose una y otra vez , sin que exista un solo cartel o señal que indique el destino. Esto es así en todas las carreteras de Nepal que hemos recorrido. De cualquier forma, el conductor nunca duda a la hora de elegir un desvío; parece conocer muy bien el terreno, así que me relajo en mi asiento y me dejo llevar, llevar y respiro: todo está bien, a veces es importante tener control sobre las cosas; otras, dejarse llevar, confiar en la guía de otros, es apropiado.

Amanece tras las ventanillas; luces azuladas, violetas, dulcemente rosadas sobre el verdor del paisaje de este país. Siempre, en todas partes, el amanecer es un momento de una serenidad y un esplendor que maravilla y sobrecoge por igual. En todas partes es así, pero en este lugar, tan lejos de casa, tan cerca del cielo, aquí es el principio, la perfección más absoluta, y también el último instante de soledad y silencio en el que se sumerge el alma antes de que el mundo gire hacia su febril actividad diurna. Es imposible para los sentidos resistirse a la hermosura del alba; todos en el interior del vehículo nos abandonamos en silencio a la contemplación de su extraordinaria belleza.

Y en ese silencio viajamos largo rato, hasta que, poco a poco, la brillante luz solar nos saca de ese estado de ensoñación o de somnolencia, que de todo ha habido entre los viajeros y nos movemos, empezamos a hablar, pedimos agua, nos arrebujamos de nuevo buscando estar cómodos los unos entre los otros.

Un hora más tarde, el automóvil se detiene frente a una pequeña plazoleta formada por edificios de barro  y piedra, al pie de una colina desde donde arranca una senda estrecha. Cuando descendemos del vehículo, el aire es limpio y fresco, la mañana, radiante. Cogemos nuestras mochilas y, tras despedirnos del conductor, emprendemos la marcha, sendero arriba. El terreno es ciertamente escarpado, difícil. Sin embargo, es una vía muy transitada, como en seguida observamos, ya que une varias aldeas entre sí, nos informa el guía. Me llama la atención ver los numerosos y variopintos  caminantes con los que nos cruzamos; mujeres, niños, hombres, bestias, casi todos ellos portando uno o más bultos.

 

II

Es la hora del desayuno así que Ashram considera hacer un alto en una de las modestas casas del camino. Me imagino que serán conocidos o familiares suyos a los que quiere proporcionar alguna pequeña ganancia. Dentro, en una pequeña habitación, negra por el humo, nos amontonamos, sentados en el suelo, los hombres de la casa y todo nuestro grupo. Se sirven vasos de leche de búfalo y unos buñuelos fritos en grasa, también de búfalo. La leche me sabe aguada, no sé si porque somos turistas o porque es su manera habitual de hacer cundir el alimento, siempre escaso por estas tierras. Mejor, pienso, no es necesario comer tanto. Nosotros agradecemos  el refrigerio mientras que a ellos se les ve contentos de tenernos allí, de hacer un pequeño negocio, pero también de relacionarse con otros: son gente hospitalaria con los forasteros y se les nota deseosos de complacer, buscan comunicarse como pueden mediante gestos o a través de nuestro guía, al que es evidente que conocen.

La compañía es muy agradable, pero ya es hora de reemprender la marcha. Cuando queremos pagar por el refrigerio, Ashram nos detiene con un gesto suave; ya se encarga él. “Namasté”, “Namasté”, nos despedimos de los sonrientes anfitriones, que acuden a la puerta para vernos partir y despedirse con gestos amables y corteses inclinaciones, a los que nosotros respondemos intentando ser igual de amables. Un montón de alegres niños y niñas, vestidos todos con ropas demasiado grandes o demasiado pequeñas para ellos, los ojos negros alrededor por el khöl con el que sus madres los embadurnan para protegerlos del exceso de luz, han salido de no se sabe dónde y  corren gritando a nuestro lado mientras nos alejamos. Nos dicen adiós en inglés. “Bye, bye”, repiten incansables sus vocecillas.

Cuando el sol inclemente del verano en estas tierras asciende, el camino se  hace más y más duro, el aire, sofocante, las piernas más flojas. El único que no da muestras de fatiga es Ashram, él lleva un paso lento y continuo y mantiene el mismo talante desde primera hora de la mañana hasta las buenas noches. No se queja, nunca discute con nadie, y no gasta mucho en conversación. Se mueve y camina con parsimonia elegante y austera. Una austeridad que fluye elegante, como agua limpia. He observado que es una forma de estar muy propia de la mayoría de las gentes de aquí. Tal vez sea la influencia del Budismo lo que los hace así.

Hemos venido de tan lejos, vivimos ahora un tiempo y un espacio tan distinto al que habitamos, que casi me parece irreal estar  en el “techo del mundo”.  Asombrosa y sobrecogedora: la vista omnipresente de las enormes montañas del Himalaya es extraordinaria; poderosamente enraizadas en las profundidades de la tierra, se elevan hacia el cielo con imponente majestuosidad: Están ahí desde mucho antes de nuestro nacimiento y seguirán allí mucho tiempo después de nuestra muerte, acumulando en su interior su intemporal  sabiduría telúrica. Comprendo los humanos amemos  las montañas, percibimos su fascinación de enorme ser milenario. Tal vez sea por eso por lo que muchos intentan  su conquista, para medir sus fuerzas con ellas. La montaña se vuelve realidad terrenal a nuestros sentidos y símbolo de lo elevado en la mente.

Bajamos hacia un pequeño valle, se encuentra uno de los varios monasterios del budismo tibetano de la zona; una fortaleza de piedra, cerrada sobre si misma por altos muros y estrechas ventana pero, al mismo tiempo abierta al exterior mediante edificaciones anexas, patios, jardines y stupas. Estas últimas son  construcciones religiosas realizadas en piedra o metal y semejantes a enormes rodillos, cuya superficie aparece cubierta de plegarias. Cuando las stupas son giradas sobre su eje por los fieles, siempre en  el sentido de las agujas del reloj, esas oraciones escritas participan del movimiento de la stupa, se esparcen por el éter y se dirigen hacia donde la voluntad del devoto desee, o hacia el estado infinito y misericordioso que el Budismo llama Dios. Hago girar una de ellas una: ¡Envío la bondad de sus palabras hasta el hogar donde se encuentran los míos, hacia mis convecinos, amigos, a toda mi ciudad, al país, a este país que ahora me acoge, al mundo y al universo entero! Pronto, el movimiento de la stupa me atrapa a mí también, de manera que continuó haciéndola girar una y otra vez, una y mil veces, girar, girar, de forma casi hipnótica, hasta que, finalmente,  me detienen las voces de mis compañeros llamándome.

Ya en el interior del monasterio, una música de percusión, metal y voces humanas nos atrae y conduce por un pasillo oscuro, de paredes de madera y suelo alfombrado. En una de las salas abierta a la gente, y tras unas celosías que resguardan de una visión demasiado directa, se encuentran  un numeroso grupo de monjes budistas de todas las edades, desde niños a ancianos, unos  sentados en unos sillares no muy altos, en el suelo otros, en su acostumbrada forma,  con las piernas cruzadas, envueltos en túnicas que van del color azafrán al rojo profundo, todos ellos con la cabeza rapada significando el abandono de la imagen en el mundo y de los deseos mundanos. Llevan a cabo una de sus particulares ceremonias, de la cual desconozco su significado, pero me dejo transportar por la energía que emanan cantando y tocando sus peculiares instrumentos; tambores de diferentes tamaños, platillos de metal, campanas de bronce y unas trompetas larguísimas. Los monjes cantan, recitan textos y mantras y tocan los instrumentos musicales sin excesiva formalidad; veo que algunos se levantan y estiran los brazos y piernas o se refrescan con agua, los más jóvenes incluso beben coca-cola a gollete, directamente de la botella que tienen al lado.

Procurando no hacer ruido, nos sentamos frente a los ejecutantes. Nos  mezclamos con otras personas, nativos del lugar sobre todo,  pero también algún que otro turista. Como nos colocamos en la primera fila, me asombro de que las trompetas que usan son en verdad tan largas que casi llegan hasta nuestros pies.

Me siento tan bien dejándome llevar por las sensaciones, allí, sentada en el suelo, con las piernas cruzadas, en esa sala de madera en la que la luz exterior llega delicadamente tamizada por celosías de madera hecha encaje y cortinas traslúcidas que se mecen en una suave brisa. Me resulta muy agradable la presencia de otras personas a mí alrededor, no sólo la familiar de Javier y el resto de nuestro grupo, sino también de los desconocidos y la de los monjes enfrente. No tengo sensación alguna de estar entre extraños y eso no es algo que me pase todos los días. Me siento feliz, en calma.

Pasa un buen rato, en atenta escucha de la música cuando comienzo a notar que el sonido profundo y grave de esas trompetas tibetanas, ese mugido poderoso, vibra en la raíz de mi cuerpo, en el chackra base, al final de la columna vertebral, va subiendo hasta concentrarse en el plexo solar, y desde allí, sube en un borbotón, retumba en el corazón, usa mi pecho como caja de resonancia, se abre  paso a través de él de una forma que me atraviesa y desarma por completo. Prosigue ese extraño sonido, durante un buen rato, como una marea que va subiendo, arrastrando desde no se que profundidades un sonido semejante a un sonido OU hondo y ronco. Por momentos me recuerda al sonido que emiten los grandes barcos cuando anuncian su partida o el sonido de mi mar Cantábrico en las tempestades del invierno.

La marea, al estrellarse contra las rocas, las pulveriza, porque nada hay más fuerte que el agua, lo fluido y lo intangible. Así que, sin poder ni querer evitarlo, las lágrimas me suben, agua hirviente, desde el corazón a la garganta y brotan libremente por mis ojos. Lloro cuando abandonamos la estancia un rato más tarde. Y continúo llorando durante al menos las tres horas siguientes. En otra ocasión sentiría mucha vergüenza de llorar así en público, es desconcertante, pero no puedo parar. De alguna forma mis compañeros comprenden, puesto que ellos también están afectados. Agradezco que ninguno de ellos intente consolarme, y respeten mi llanto mientras Javier me acompaña en silencio casi como un lazarillo y me toma del brazo para guiarme  porque verdaderamente estoy tan sumergida en esa fuerza emocional que se me ha desatado dentro que apenas puedo atender a lo que ocurre fuera, ni por donde voy ni hacia donde camino. Noto que la gente me mira extrañada, porque no es normal en Oriente el entregarse a estas manifestaciones emocionales, bueno, tampoco lo hago yo en Occidente, me digo, pero ¿qué puedo yo hacer?

En los alrededores del templo veo a un hombre viejo, harapiento, sin dientes, vende bálsamo del tigre, y por unos momentos, nuestras miradas se cruzan y se detienen una en la otra. Doy media vuelta, redoblando mis sollozos.  Lloro por mí, por él, por el eterno sufrimiento de la humanidad, palabras, racionalizaciones, no sé por qué lloro, sólo se que  siento el peso de un dolor muy grande, inmemorial, estancado. En esos momentos sólo soy el canal de una fuerza que no es sólo mía. Al parecer, según llegué a saber con el tiempo esos cánticos, esa música, abren canales energéticos en las personas, sacudirnos de nuestra inconsciencia habitual. A unos con más intensidad que a otros, por las circunstancias que sean, pero a nadie dejan impasible. Al terminar de llorar, horas más tarde, me siento muy aliviada, casi diría que curada de algo que llevaba dentro desde hacía mucho tiempo, no sé cuánto y cuyo nombre desconozco, pero no por eso me hacía menos daño. Menuda operación practicaron en mí los monjes tibetanos con el instrumental de música: no hubo sangre visible, pero sí lágrimas muy amargas que me liberaron de algo oscuro. Para ellos mi eterno agradecimiento.

 

III

 

Tras varias horas más de caminata, cansados y hambrientos, nos detenemos en una casa en medio del monte donde descansaremos un tiempo, nos dice Ashram, y comeremos algo mas contundente que hasta ahora. Allí nos recibe el patriarca de una gran familia; sus nietas y nietos  corren de un lado para otro al vernos aparecer, llamándonos y haciendo monerías para que los miremos. En la cocina, dos mujeres y un hombre preparan el plato nacional nepalí y menú casi único cuando se sale de las grandes ciudades. Le llaman dhal bhat tarkari y se compone de sopa de lentejas, arroz y verduras al curry. En ocasiones especiales se le añade algo de carne de buey o pollo. Mientras terminan de prepararlo en la cocina, nos sentamos en una sala con el suelo cubierto de alfombras y  vigas de madera en las que han hecho nido algunas parejas de golondrinas, que, sin importarles nuestra presencia, entran y salen de la habitación para llevar alimento a sus crías. Se sientan con nosotros algunos de los hombres de la casa, incluido el padre de la familia, que, saca un frasco de cristal finamente trabajado y nos ofrece chang preparado por él mismo. Es ésta una  bebida alcohólica, típica de la región del Himalaya, que se  prepara a partir de la cebada. Al beberlo produce una sensación suave en la garganta, es licor que alegra el espíritu y predispone a la apertura y la conversación. Sus efectos se dejan sentir rápido en nuestros cuerpos  cansados y hambrientos y una efervescente euforia nos anima y presta color al momento; charlamos y brindamos con nuestros anfitriones, conversando en inglés con ellos a través de  Ashram, y, entre nosotros, en una mezcla de español e italiano. Así, cuando llegan los platos, el ambiente es distendido y apetece compartir y disfrutar de la comida y la compañía.

En ese momento entra en la habitación una chica de unos veintitantos años. Arrastra su cuerpo dislocado de muñeca de trapo y gime como una niña pequeña, se ve que padece algún tipo de retraso mental. El padre, el hombre más anciano de la casa, se levanta, siempre con los movimientos  suaves, como de seda, de este pueblo, y tomando a la muchacha de la mano en un gesto lleno de afecto, la lleva a sentarse a su lado. Ella se queda allí, acurrucada como un animalito, aceptando las palabras tranquilizadoras del padre, que le acaricia tiernamente su cabecita despeinada. Ese gesto tan dulce, qué lección para el corazón ¿Voy  a echarme a llorar otra vez? A punto estoy, será de agradecimiento, entonces. Sonrío. Me siento plenamente feliz de estar aquí.

Quisiera bajar a la cocina, por afición y curiosidad, pero no está permitido que los extranjeros entren en el lugar donde se preparan los alimentos, y en este caso no se hacen distingos de sexo. De todas formas, salgo de la habitación, con una vaga disculpa, y aprovecho para asomarme; en un cuarto oscuro, lleno de humo, trabajan dos mujeres sudorosas, removiendo unas ollas renegridas que humean un olor delicioso.

No tardan en servirnos la sopa de lentejas, arroz y verduras con pollo al curry, el pollo debía tener la edad del reino del Nepal, por la consistencia de su carne, me alegro, comerlo fortalece los dientes. Aquí, junto con la comida se bebe agua o una cerveza lechosa, con muy poca espuma, que preparan ellos mismos con la cebada que cultivan en sus campos.

Cuando llega  la hora de continuar nuestra marcha, nos despedimos, uno por uno, de nuestros anfitriones, porque aunque nosotros somos en realidad clientes que pagan la comida, el comportamiento de esta familia es  de auténticos anfitriones. “Namasté,, Bye- bye”, nos dice adiós agitando las manos un grupo de niños sonrientes acompañados de perros famélicos. El padre, de la mano de su hija deficiente, nos acompaña hasta el inicio del sendero que vamos a tomar. “Namasté, namasté”, que quiere decir “lo divino que hay en mí saluda a lo divino que hay en ti”.

 

 IV

 

De nuevo en el camino nos topamos con gente que sube y baja, de acá para allá, casi siempre cargados con bultos y paquetes. Un hombre nepalí lleva a cuestas una cesta enorme donde se acurruca una anciana. El cabello cano de la mujer rodea un rostro seco, macilento. Miro hacia Ashram, “Es una enferma, un pariente la baja hasta el dispensario más cercano”. Esta es la única manera de transportar a los enfermos y heridos –nos explica- ya que estos caminos de montaña, tan abruptos, no permiten el paso de vehículo alguno. La vida es dura en estos parajes, que, por lo demás, son magníficos. Aquí se encuentra lo esencial; respirar el aire limpio y fresco, fuentes para refrescarse…el cuerpo y la mente se sienten libres de fronteras y de ataduras.

En este final de la etapa, muy cansados, caminamos en silencio la mayor parte del tiempo. Ya no estamos lejos de nuestro destino pero no lo alcanzaremos sin que nos caiga un buen chaparrón antes; el cielo se ha ido congestionando, aparece lechoso y pesado, así que  las lluvias vespertinas de la estación húmeda no se harán esperar mucho tiempo. Sacamos nuestros chubasqueros y empiezan a caer gotas que rápidamente se convierten en cortina de agua. Al igual que el resto de caminantes, buscamos refugio bajo unas rocas salientes al lado del camino. Tras un rato de furia, los cielos se calman, escampa la lluvia y reemprendemos la marcha. Ashram, como es su costumbre, ha desaparecido, luego surgirá de nuevo, más adelante, sin dar explicaciones que tampoco le pedimos, es algo muy habitual en él, ese estar y, al instante siguiente, haberse desvanecido en silencio, para luego regresar igual de misteriosamente.

El sendero ha quedado tan embarrado que vamos dando saltos de un lado a otro, en un intento por buscar los pasos menos anegados y resbaladizos, los estrechos bordes por donde podamos caminar sin hundir hasta el tobillo nuestras botas de montaña, que, a estas alturas, aprietan y pesan ya como cemento fraguado. A nuestro lado, aparece un hombre mayor, enjuto, la piel seca y morena pegada a los huesos. Se ha remangado los pantalones hasta la rodilla, lleva un paraguas en una mano, las sandalias en la otra y avanza en línea recta, siempre con el mismo paso, el mismo ritmo, sin alborotos ni sobresaltos. Bien diferente a nosotros cuatro, que marchamos a trompicones, saltando de aquí para allá, agotándonos en nuestras prisas, voceando y quejándonos. Poco a poco vamos dejando atrás al anciano. Unos cientos de metros más adelante, y para mi sorpresa, está de nuevo a nuestra altura. Con su pausada regularidad, a su paso siempre igual, pronto nos toma la delantera. Al rato somos nosotros los que le adelantamos esta vez. De nuevo nos alcanza, hundiendo sus pies desnudos en el barro, sin variar ni su trayectoria ni su paso, su ritmo siempre igual. Parecería un juego entre dos bandos, quizás lo es. Y así hacemos lo que resta de camino; él en su tranquilidad, ni nos ha mirado, nosotros en nuestro alboroto, mirando a todas partes. Finalmente, cuando ya se dibujan los techos de la pequeña aldea donde tomaremos el autobús, dejamos al hombre del paraguas definitivamente atrás.

A la entrada del pueblo hay una fuente en  la que se puede beber o lavarse. Allí, dos o tres niñas y un par de chavalines sucios, harapientos, de ojos luminosos en una cara radiante, han instalado un puestecillo donde, sobre una tela descolorida exponen su mercancía: unas botellitas llenas de un líquido oscuro; un mejunje de hierbas para desinfectar las heridas que los caminantes se hayan podido hacer en los pies. Les compro un frasquito. ¡Qué bellos estos niños! Y qué contentas sonríen las niñas mientras estiran la mano para recibir las rupias.

Exhaustos, agotados de caminar por el barro, por fin alcanzamos el autobús de línea. Ashram, en animada charla con el revisor, nos saluda desde la portezuela. Compramos los billetes y arriba. Miro, buscando un buen asiento y para mí sorpresa ¡allí está él!, sentado muy derecho en uno de los asientos del fondo, el hombre del paraguas. Observo sus pies, limpios y calzados en las sandalias. Su traje tan libre de barro como cuando salió de su aldea esta mañana.

El autobús recorre una carretera, o pista más bien, estrecha, surcada de socavones, bordeando cunetas, en medio de una lluvia estrepitosa. Dentro del vehículo, los viajeros somos zarandeados con furia de un lado a otro. Frenazos y bruscos saltos hacia delante y hacia los lados. Pronto la niebla nos envuelve y, por momentos, nos impiden ver las enormes grietas que se abren a los lados del camino. Casi es mejor así. Me agarro con una mano a la barra del asiento delantero, que casi me roza la nariz de lo estrecho que es el espacio, y con la otra me cojo de una mano de Javier y decido entregarme con él a nuestro destino, sea éste cual fuere. Confío en la pericia del conductor, y me encomiendo a la protección divina.

Anochece cuando el coche entra dando tumbos en la pequeña villa donde nos espera nuestro taxi. Allí está, aparcado a un lado de la plazoleta llena de gente y más autobuses. Supongo que el conductor no habrá querido arriesgar su cuidado vehículo por aquellas carreteras polvorientas de montaña, y por ese motivo hemos hecho parte del trayecto de vuelta en autobús, pero como no tengo fuerzas ni humor para conversar en ese inglés difícil, prefiero no preguntar nada a Ashram.

El tiempo justo para tomar un refresco y subimos a nuestro vehículo. Estamos casi en el final del trayecto; Katmandú no queda demasiado lejos, quizás diez o doce kilómetros. Nos acabamos de instalar, en el debido orden en cuanto a sexo y condición, cuando aparece ¡él! ¡El hombre del paraguas! Que se dirige a Ashram y al conductor. “Va a Katmandú, a ver a su hija, nos pide si podríamos llevarle; se le ha hecho un poco tarde para ir caminando”. Admirable.

Los cuatro extranjeros en la parte de atrás. Los tres nacionales se acomodan en el asiento de adelante. El coche arranca y emprendemos viaje de vuelta a Katmandú.

Fuera la noche se ha cerrado por completo dentro reina el silencio. Verdaderamente el tiempo es una ilusión, hay días que son casi una vida entera…– es mi último pensamiento antes de dormirme entre los cuerpos de mis compañeros de viaje.