Un oficio en el techo del mundo

Son las ocho de la mañana y hace tiempo que ha amanecido. En mitad de la plazoleta del pueblo, y a la espera de que llegue el momento de la partida, me entretengo en observar el exterior del coche de línea en el que viajaremos desde la frontera de Nepal hasta la ciudad india de Benarés; unas nueve horas de trayecto, si todo va bien. El vehículo es ancho y bajo, como achaparrado, muy diferente de los que estamos acostumbrados a ver en nuestras carreteras occidentales hoy en día. Deduzco que será porque el punto de gravedad más bajo los hace más estables, más pegados a la tierra, cosa importante en estos caminos.  La decoración que lo adorna es fascinante; me recuerda las casetas de feria que venían a mi tierra para cuando las fiestas patronales. La carrocería luce lo que pasarían por tatuajes admirablemente dibujados  sobre su piel metálica, una extraordinaria colección de imágenes de diosas bellísimas, adoradores de tales feminidades, danzarinas ondulantes, serpientes enlazadas siguiendo la curva de las ruedas, palabras en una lengua que parece hecha para formular encantamientos. Coronando el conjunto, de los hierros de la baca cuelgan banderines y cintas multicolores. Ahora caen lánguidas, pero una vez el vehículo tome velocidad, esas cintas se desplegarán como fascinantes trazos de colores y el vehículo no pasará desapercibido, no.

Mientras yo los contemplo ociosa, tres o cuatro jóvenes se afanan en sacar aún más brillo, si ello es posible,  a los cromados, a los faros, al guardabarros, a los parachoques, a la luna del parabrisas, hasta dejarlos absolutamente relucientes. Y es que en estas tierras, donde la inmensa mayoría de las gentes carecen de vehículo privado, un autobús es algo caro y muy valorado, pero tiene además como misión unir pueblos, aldeas con las lejanas ciudades, permite a la gente visitar a sus parientes, hacer negocios y transportar toda clase de mercancías.

Los jóvenes que hasta hace unos instantes andaban ocupados en la limpieza, pasan ahora a actuar como mozos de equipaje y  abren las puertas laterales en el vientre del vehículo donde los viajeros meten sus bártulos. Otros en cambio suben el equipaje a la baca, donde también algunos muchachos y niños se encaraman por la escalerilla trasera; viajar ahí arriba les sale más barato.

Mientras tanto, el chófer, en su función de custodio y guardián del vehículo, espera a los viajeros con rostro impasible ante la portezuela de subida. Lleva la cabeza cubierta con el turbante blanco característico de su etnia que le confiere un porte majestuoso, y él lo sabe. Los viajeros nos colocamos en fila ante él; Namasté, le saludan con mucho respeto los del país, nosotros hacemos lo propio y él inclina la cabeza sin perder el gesto grave y sin mirarnos a la cara. Con actitud ceremoniosa va tomando los billetes, que examina despacio, y luego, a una señal de la cabeza, nos indica que podemos subir al coche.

Una vez dentro, avanzamos por el estrecho pasillo, a un lado y a otro, las filas son de tres asientos cada una. Estos coches están fabricados en China en su gran mayoría y, por tanto, pensados para gente de constitución más pequeña y estrecha, en general, que los occidentales. Pero además, los asientos son de puro metal, nada de almohadillas o acolchados de goma espuma. Las filas centrales ya están ocupadas, así que retrocedemos y tomamos asiento en la segunda, tras el conductor; mejor, así podremos ver la carretera.

Como sabe que en ocasiones me mareo en los viajes, mi compañero de viaje me cede gentilmente el asiento de ventanilla. Él se acomoda en el medio y, a su lado, se instala un hombre de mirada fiera y cabeza muy alta. Enfundado pero bien a la vista, lleva un enorme puñal que sobresale del cinturón de su uniforme: es un soldado de la reserva nepalí agregado al ejército inglés.

Antes de que partamos y mientras se ultiman los preparativos, nos rodean vendedores que ofrecen su mercancía a través de las ventanillas abiertas: piñas muy dulces, mangos maduros, buñuelos aún crujientes, frituras variadas y el inevitable lassi, el delicioso yogur con frutas que se prepara en toda la zona. Nos da el tiempo justo de comprar alguna cosa antes de que el conductor grite de un grito en su idioma, los tres o cuatro muchachos ayudantes se suban alborozados y tomen asiento en los primeros lugares, en el mismo suelo, o reclinados sobre el salpicadero, formando un círculo admirado alrededor del chófer. Y entonces el coche arranca con rugido de león: ¡Qué delicia! Siento el aire en el rostro, como cuando viajaba de niña en aquellos autobuses de línea por mis tierras gallegas, íbamos entonces a  casa de mi abuela en la aldea o a Santiago; o cuando íbamos hacia Madrid, cruzando el puerto de Piedrafita, que aquello ya eran palabras mayores, todo un desafío para el conductor más avezado.

El vehículo avanza dando tumbos por la plazoleta cuyo suelo de tierra está lleno de baches, salimos del pueblo y no tardamos en enfilar una carreta estrecha por la que apenas cabrán dos vehículos, y no muy grandes; ahí empieza la fiesta: las tiras de banderines y guirnaldas que cuelgan del parabrisas bailan al ritmo del baqueteo, se oyen risas y gritos procedentes de allá arriba; supongo que sabrán agarrarse fuerte a los hierros de la baca. Uno de los jóvenes ayudantes pone música en un aparato: a todo lo que da el volumen, y entonces unos acordes rápidos y estridentes atronan el aire, exactamente lo mismo que cuando íbamos de excursión con el colegio, lo único que en esta ocasión es música india, de esa que sale en las películas bollywoodienses. Justo en ese momento álgido de la salida, a causa de los movimientos bruscos, cae al suelo una de las muchas estampitas que van colocadas entre el cristal y la goma que lo sujeta, ¡ay no, eso no!, que no se ¿arruine? ninguna protección, que tenemos un viaje muy largo por delante, y peligroso: cruzaremos en autobús el techo del mundo, nada menos. Tranquilos, enseguida uno de los ayudantes se lanza a recogerla, la toma en sus manos, se la lleva a la frente en un gesto de respeto y la vuelve a colocar en su lugar. El chofer, sin apartar la vista del frente, hace un movimiento seco de aprobación con la cabeza y el joven le devuelve una sonrisa.

Y es que ha de estar muy atento el conductor, porque en este lugar del mundo, los bordes de la carretera andan siempre muy transitados: sorprende la cantidad de niños vestidos con ropas heredadas de otros niños más mayores, mujeres de andar ondulante cargando enormes bultos, hombres de paso grave, vacas, muchas vacas blancas y bueyes oscuros, perros y hasta gallinas. ¿Adónde van esas gallinas? No sé, es de imaginar que se desplazan de una aldea a otra siguiendo la estela de caminantes, acaso en busca de la comida que se les pueda ir cayendo. De todas formas, se ve que nuestro piloto conduce con los cinco sentidos puestos en la tarea y, con pericia, logra sortear los obstáculos, humanos y animales, con lo que en ningún momento hay que lamentar pérdida alguna. Eso sí, se ayuda continuamente del claxon: para avisar, para espantar a las gallinas, para abrirse paso entre el incesante tráfico de personas y bestias. Estoy convencida de que disfruta además de hacerse ver, hay que dejar claro quién manda aquí, ojo, tanto a los de dentro como a los de fuera.

La confianza en el conductor es una de las bases para un viaje tranquilo y agradable, reflexiono mientras improviso un cojín con una prenda de ropa para hacer el asiento más cómodo y  disfruto de la combinación de la música a todo volumen, del paisaje de las cercanas cumbres y del aire fresco en el rostro, porque, en verdad es estupendo; en estos vehículos se pueden abrir las ventanillas, algo que echo mucho de menos en los modernos autocares de línea occidentales. Pero ¡ay!, de ese instante de placer me arrancan los insistentes pitidos del claxon; el conductor está como enfurecido y lo hace sonar sin tregua. Cuando me asomo para ver la causa de tanta alarma, veo con horror que otro autobús semejante al nuestro se aproxima hacia nosotros haciendo sonar el claxon con igual furia: los coches avanzan uno frente al otro por el centro de la angosta carretera; pitan y pitan a su oponente como para amedrentarlo y obligarlo a echarse a un lado. ¡Ay madre, que nos la pegamos! Me tenso clavándome todos los hierros del asiento, agarro la mano de mi compañero, el corazón en un puño, aun así tengo tiempo de observar que la mayoría de pasajeros no se inmutan, permanecen tan flemáticos como en tierra, sólo algún extranjero como nosotros parece alarmado… en el último instante, cuando, a través del parabrisas, ya nos vemos las caras los viajeros de las primeras filas de un vehículo y los del otro, cada chófer cede un tanto, un ligero volantazo, y ambos vehículos logran pasar indemnes. ¡Larga vida a nuestro diestro conductor! Como comprobaremos de ahora en adelante, este reto entre titanes es muy frecuente, y casi siempre, casi siempre, termina bien: los dos se desvían un tanto, lo suficiente para apenas pasar rozando y, al tiempo, quedar como el vencedor del duelo. Los jóvenes ayudantes sonríen y dan palmadas en la espalda a nuestro guía, reconociendo de esa forma su valor y su triunfo ante las dificultades; el héroe, impávido ante los halagos, continúa con la vista fija en la carretera. De sobra sabe que ha sido una maniobra arriesgada, demostrativa de su arrojo y gallardía ante el adversario de la otra compañía de línea – al que hemos de suponer tan brioso como el nuestro-.

Es patente que el hombre conoce su oficio. Esos jóvenes que lo acompañan están allí como aprendices –me explica el vecino soldado- deseosos ellos mismos de ocupar algún día ese disputado puesto que no está al alcance de cualquiera. Como un séquito, lo acompañan con su conversación, le pasan pastelillos y agua – confío en que no sea alcohol, he oído casos de conductores que acababan en un estado tal que, en ocasiones, los propios viajeros los tumbaban un buen rato en los asientos de atrás hasta verlos recuperados, y les aplicaban  luego un paño húmedo para espabilarlos del todo. Así son aquí de pacientes.

Vamos haciendo múltiples paradas en aldeas e incluso en medio de la calzada: suben unos, bajan otros en un incesante trasiego de personas y, en ocasiones, hasta de animales: conejos, gallinas y alguna cabra viajan en el pasillo. Aprovechan entonces la miríada de vendedores que se ganan la vida ofreciendo frutas, pastelillos y zumos a través de las ventanillas. También aprovecha el conductor para bajar, estirar las piernas y tomar un bocado o beber algo. Ha de descansar, pues nadie lo sustituirá durante el viaje; aquí las cosas son así, por unos 2 euros que cuesta el viaje, no podemos pretender tener el lujo de un segundo chófer. Por lo demás, hay momentos en los que avanzamos muy despacio debido al difícil estado del firme lleno de cascotes, barro y baches, o por el exceso de tráfico, pero nuestro piloto ejecuta virajes diestros, pausados, sin forzar la conducción. Aquí no hay un cartel que ponga “prohibido hablar con el conductor” pero todo el mundo entiende que no es momento para conversaciones, por eso los muchachos aprendices, antes tan dicharacheros, no lo distraen ahora con sus comentarios, al contrario, imitan el comportamiento de su admirado piloto y permanecen muy callados, con la vista fija en el camino. Pronto llegará la prueba de fuego: la carretera serpentea por  cortados, casi abismos, estamos en la cordillera del Himalaya: el coche se balancea y los pasajeros somos zarandeados de un lado para otro: a la derecha está la montaña, con desprendimientos visibles, al otro lado se abre el vacío, pues no vemos el fondo de las simas que se abren al borde mismo de la carretera sin asfaltar. Menos mal que ahora apenas hay tráfico en esta zona tan escarpada. A pesar de la confianza que me da su habilidad, yo no aparto la vista de la carretera. Bien que rezaría si ahora mismo me acordase de alguna oración, pero no se me ocurre nada más que ponerme a canturrear, cualquier cosa, algo alegre que me distraiga.

Es entonces, nada más pasar una curva, y de las peores, cuando nos topamos con un bulto tirado en medio del camino. Parón en seco que evita un casi seguro atropello. Gracias a los reflejos del conductor no le hemos pasado por encima. ¿Pero, qué ocurre? ¿Qué es eso? ¿Algún animal muerto? Enseguida se levanta nuestro guía seguido de sus acólitos, los viajeros nos inclinamos queriendo ver, sacamos las cabezas por las ventanillas, finalmente, al ver que se han quedado de pie frente al obstáculo, optamos por bajar nosotros también y formamos un corro alrededor…

¡Cuál no será nuestra sorpresa!: aquello que yace en el suelo resulta ser una mujer anciana, dormida, tal vez borracha. El pelo greñoso y entrecano le sobresale bajo el velo, las ropas oscuras, sucias de polvo. Debe de ser una mendiga, de la casta más baja, si no, no se explica su situación. Observamos perplejos la escena. Uno de los viajeros occidentales, animado de un espíritu resuelto, propone en inglés adaptado y mucho uso de imperativos, apartarla del camino, con suavidad, naturalmente, no se trata de hacer daño a nadie, aclara el extranjero. El chófer y su grupo lo miran entre extrañados y ofendidos. ¿Cómo vamos a hacer una cosa semejante? De ninguna manera, hay que respetar el devenir de los hechos, aceptar los acontecimientos tal y como se presentan, ¿quiénes somos nosotros para intervenir? Habremos de esperar a que se levante por ella misma, dice, ordena, el conductor: impone su autoridad indiscutible en aquel lugar y situación, como haría el capitán de un barco. Los demás, llenos de justa indignación, nos volvemos a mirar al que ha hablado; estamos en Oriente, pero aún así ¿qué se ha creído? El hombre titubea, da un paso atrás: la tensión es grande.

Así las cosas y bajo un sol abrasador, la mayoría de los viajeros regresamos al autobús a esperar pacientemente la resolución del caso. Mientras, y por hacer tiempo, comemos algo, bebemos agua y charlamos los unos con los otros; entonces descubrimos que, por lo general, los nativos son gente amigable y curiosa tras su apariencia tan flemática; incluso nuestro compañero de asiento nos invita a un trago de chang, licor de cebada y arroz. Muy bueno, gracias, thanks, salud. Nosotros le devolvemos la invitación ofreciéndole unos buñuelos de almendra. Namasté, thank you very much, acepta. Aún habrá de pasar un buen rato hasta que la anciana se levanta del suelo como puede, sonríe enseñando sus encías desdentadas, murmura alguna cosa que no entiendo y va a sentarse al borde del camino riéndose ella sola. El conductor,  a estas alturas se diría que casi caudillo, hace un movimiento de cabeza y los pocos viajeros que quedaban en la carretera suben al vehículo y arrancamos sin más mientras ella nos despide con la mano y sigue riéndose por entre sus escasos dientes renegridos. Miro a las montañas alrededor; se ven muy solitarias con esa bruma que las envuelve.

Un par de horas más tarde hacemos una parada en una fuente que mana de la misma roca de la montaña. Nuestro guía se baja, se refresca del calor y del polvo del camino, y los demás no tardamos en imitarle. El largo viaje es fatigoso para nosotros, cuánto más para él, que lo hará varias veces por semana. Por cierto, pienso, que es una profesión difícil la suya, expuesta a múltiples peligros, apta únicamente para alguien infatigable. Su desempeño precisa de pericia, valor, autocontrol; hombría en definitiva, por eso ser conductor de autobús de línea aquí es como en otras partes ser piloto de avión, o capitán de un pequeño navío: despierta la admiración del pueblo, y su oficio le procura además un salario muy decente para lo que se ofrece por aquí. ¿Qué joven humilde y honrado no lo querría para sí?  ¿Qué familia del pueblo no anhelaría tal empleo para su hijo?

Cae la noche cuando, sanos y salvos, entramos dando tumbos en la ciudad de Benarés. Los aprendices rebullen, se sonríen unos a otros con sus dientes blanquísimos, dan palmadas en la espalda del conductor, quien al fin frena en seco dentro de la destartalada estación de autobuses. Ya los viajeros nos levantamos entumecidos y recogemos nuestras pertenencias; no, no falta nada. Ya bajamos los que íbamos dentro y los que viajaban arriba. Namasté, señor conductor. Muchas gracias, thank you so much. Namasté, nos responde inclinando ligeramente la cabeza, sin que por ello se le descoloque el turbante. Orgulloso de su hacer, complacido de que se lo reconozcan; esta vez su rostro luce una media sonrisa mientras, ahora sí, nos mira a los ojos.