Namasté, bye-bye

Llaman a la puerta de la habitación. “Namasté”,  saluda el mozo del hotel que nos trae el primer té de la mañana. Coloca cuidadosamente la bandeja con las tazas y tetera sobre una mesita y luego se queda en pie, mirándonos muy sonriente. Se ha levantado antes del amanecer para prepararnos la infusión, y aquí rompe el día antes de las 5 de la mañana, así es que su gesto bien vale una propina. El joven recibe las monedas con gesto digno antes de informarnos de que el coche nos espera abajo. A continuación, se lleva las manos juntas a la altura del corazón, hace una ligera inclinación de cabeza y  se marcha tan silenciosamente como ha llegado. “Namasté, bye-bye”.

El taxi nos conducirá desde la capital del Nepal hasta una aldea situada a unos 40 kilómetros, ya en las estribaciones del Himalaya. Una vez allí, la intención es llevar a cabo una marcha de varios kilómetros a pie por la zona, disfrutando del paisaje y visitando diferentes lugares. Luego, ya a media tarde, tomaremos un autobús que nos trasladará por carreteras abruptas de montaña hasta una localidad  situada en el llano, donde nos recogerá el mismo taxi de la mañana. Será una pequeño, o gran periplo; depende de cómo y desde dónde se miren las cosas.

No ha amanecido aún en Katmandú cuando nos subimos al vehículo. Viajamos el conductor nepalí, Asha, guía en la ruta, al tiempo que gerente del establecimiento donde nos alojamos, y cuatro pasajeros: una pareja de viajeros italianos también huéspedes del hotel, Julio y Luccia, y nosotros dos. Decididos, entramos a la parte trasera del vehículo. No, no, imposible, no cabemos: estos vehículos se fabrican en China, y no están hechos para gente corpulenta, como es la occidental. Está claro  que tendremos que viajar tres delante y tres atrás. Luccia se adelanta muy resuelta y toma asiento al lado del chofer. ¡Ah!, ahí este mueve la cabeza a un lado, muy seriamente, y luego en nepalí y en voz baja se dirige al guía de la expedición. ¿Qué ocurre? Asha, con gran sutileza nos explica, en ese inglés que nos parece tan difícil, supongo que como el nuestro a él, que, siendo como es el espacio muy reducido, no es apropiado que una mujer viaje en contacto tan íntimo con dos hombres desconocidos. Costumbres, decoro entre miembros de distinto sexo, es un asunto que surge con frecuencia en estas tierras y no vamos a discutirlo ahora.

Finalmente Javier viajará delante, la pareja italiana y yo atrás. Se hace tarde, así que cada uno procura acomodarse lo mejor posible entre sus compañeros y el vehículo arranca enseguida: es un coche muy moderno para lo que se ve por aquí. Un coche de esta categoría no  lo tiene cualquiera en Nepal, ni mucho menos. Cuestión de tener tratos con el turismo, como en todas partes, más o menos.

Atravesamos las calles desiertas y oscuras de una ciudad que todavía duerme. Pero Katmandú es una ciudad pequeña y pronto nos encontramos rodando por el valle, en dirección a las montañas. A partir de ahí la estrecha carretera serpentea hacia un lado y hacia otro, bifurcándose una y otra vez, sin que exista un solo cartel o señal que indique el destino. Sea como sea, el conductor nunca duda a la hora de elegir un desvío; parece conocer muy bien el terreno, así es que me relajo en el asiento de ventanilla que me ha tocado, respiro y me dejo llevar: todo está bien, a veces es importante llevar las riendas de las cosas, otras, confiar en la tutela del que sabe más es lo sensato, pienso mientras contemplo el paisaje que comienza a surgir de la oscuridad.

Pues amanece: luces azuladas, violetas, dulcemente rosadas sobre el verdor de los inacabables campos de arroz. Siempre, el amanecer es un momento de una serenidad y un esplendor que maravilla. En todos los lugares del mundo, imagino, será así, pero en este lugar tan cerca del cielo… la aurora se percibe como el principio de todo, la perfección más absoluta, y también el último instante de soledad y silencio antes de que el mundo gire hacia su febril actividad diurna. Nadie puede resistirse a su hechizo, y los viajeros, antes locuaces, nos quedamos en silencio contemplando su extraordinaria belleza mientras se aproximan las distantes montañas del Himalaya: suspiro, un sueño de juventud alimentado por muchas lecturas de autores tan soñadores como yo misma.

 

II

La mañana es radiante y el aire limpio y fresco cuando llegamos a nuestro destino. El taxi nos ha dejado en medio de una plazuela formada por cuatro o cinco casas de barro.  Namasté, bye-bye, nos despide el conductor, empleando una fórmula internacional, se ve que el trato con el turismo le obliga a saber idiomas. Adiós, bye-bye, decimos nosotros mientras acabamos de ajustarnos las pequeñas mochilas, que solo llevan galletas, algo de agua y un jersey por si refresca. Pronto nos sorprenderá mucho la cantidad de gente caminando en una y otra dirección que encontramos por el camino. A pesar del terreno escarpado y abrupto, explica el guía, es una vía muy transitada ya que une varias aldeas entre sí. Mujeres de tez morena, vestidas con trajes multicolores, niños muy sonrientes con los ojos pintados de kohl que llevan ropas demasiado amplias o demasiado pequeñas para ellos, cosas de las herencias. Hay hombres de andares elegantes vestidos con trajes viejos y, a su lado, bestias que caminan a paso lento. Prácticamente todos ellos portan uno o más bultos en la cabeza o a cuestas, incluso los más pequeños llevan algún fardo, pues aquí estas caminatas por la montaña no se hacen en balde.

Nos detenemos en un puesto donde se sirven vasos de leche de búfala y unos buñuelos fritos en grasa también de búfalo. La leche sabe aguada; bien, es una manera  de hacer cundir un alimento escaso y muy valorado por estas tierras; tiene que haber para todos. Nos despiden con gestos amables y corteses inclinaciones. “Namasté”, bye-bye!”, dicen llevándose las manos unidas a la altura del corazón.

Horas más tarde, cuando el sol está en lo alto, el polvo, el aire sofocante y la luz tan brillante hacen fatigoso el camino. Las piernas flojean. Resoplamos, bebemos agua, nos secamos el sudor del rostro. El único que no da muestras de fatiga es Asha, él lleva siempre un paso lento y continuo y mantiene el mismo talante desde primera hora de la mañana; curiosamente no se le ve sudoroso, y tampoco jadea por el esfuerzo, que es el mismo que el nuestro. Por lo que he podido observar, no se queja nunca, jamás discute con nadie y tampoco gasta mucho en conversación. Con gesto serio, que no adusto, camina con parsimonia y sus movimientos son elegantes y austeros; una forma de ser y estar muy propia de la mayoría de las gentes de aquí; influencia del budismo, dicen que es.

Y en cuanto a nosotros…hemos venido de tan lejos, vivimos ahora un tiempo y un espacio tan distinto al nuestro cotidiano, que me parece irreal estar  rozando el “techo del mundo”. Asombrosa y sobrecogedora: la cordillera del Himalaya ejerce una atracción magnética. Aquí resulta fácil entender por qué amamos las montañas; ejercen sobre nosotros su fascinación de enorme ser milenario. Poderosamente enraizadas en las profundidades de la tierra, se elevan hacia el cielo con imponente majestuosidad, como sabedoras de que custodian en su seno una milenaria sabiduría. Están ahí desde mucho antes de nuestro nacimiento como especie, y seguirán allí mucho tiempo después de que hayamos desaparecido. Tal vez sea por eso, para medir sus fuerzas con lo intemporal, por  lo que muchos intentan su conquista a pesar del riesgo que conlleva.

 

III

Sopla una agradable brisa cuando bajamos al valle donde se alza uno de los monasterios del budismo tibetano de la zona; una fortaleza de piedra, cerrada sobre sí misma por altos muros y estrechas ventanas, al tiempo que abierta al exterior mediante edificaciones anexas, patios, jardines y stupas. Estas últimas son  unas curiosas construcciones religiosas realizadas en piedra o metal y semejantes a enormes rodillos, en cuya superficie se graban plegarias. Los fieles creen que cuando las stupas se hacen girar sobre su eje, siempre en el sentido de las agujas del reloj, esas oraciones se esparcen por el éter y se dirigen hacia donde la voluntad del devoto desee, o hacia el estado infinito y misericordioso que el Budismo llama Clara Luz. Hago girar una de ellas, que rueda enseguida con extraordinaria facilidad ¡Envío tus palabras hasta el hogar donde se encuentran los míos, hacia mis convecinos, amigos, a toda mi ciudad, al país, a este país que ahora me acoge, al mundo y al universo entero! La hago girar una y otra vez, sin parar, como hipnotizada por el movimiento…hasta que, vuelvo de golpe al presente cuando las voces de mis compañeros llamándome me arrancan de ese instante mágico. Sí, ya voy.

Del interior del monasterio escapa una música de percusión, metal y voces humanas que nos atrae y  conduce  a lo largo de un pasillo oscuro, con paredes de madera y suelo alfombrado. En la gran sala del fondo a donde la luz exterior llega delicadamente tamizada por celosías de madera y cortinas traslúcidas que se mecen en la suave brisa,  nos encontramos con un numeroso grupo de monjes budistas de todas las edades, niños, jóvenes y ancianos, algunos  sentados en  bancos bajos, otros en el suelo con las piernas cruzadas, todos ellos envueltos en túnicas que van del color azafrán al rojo profundo y luciendo la cabeza rapada para significar con ello el abandono de la imagen y de los deseos mundanos.

En la sala hay bastantes nativos y algún que otro turista.  Procurando no hacer ruido nos sentamos en el suelo en la primera fila. Estamos tan cerca que las trompetas casi nos rozan los pies. Estoy cómoda sentada en la tarima con las piernas cruzadas al estilo oriental; el aire huele a la fragancia del incienso que arde lentamente y me resulta muy agradable la presencia de otras personas alrededor; en absoluto tengo la sensación de estar entre extraños, al contrario.

Los monjes llevan a cabo una ceremonia devocional o un recital de alabanzas. Sin entenderlo, se entiende. De modo que me dejo transportar por la energía que emana de la música de los tambores de diferentes tamaños, platillos de metal, campanas de bronce y unas trompetas larguísimas de más de dos metros de longitud, que hay que tener pulmón para hacer sonar eso, me asombro. Cantan, recitan textos y mantras y tocan los instrumentos musicales sin excesiva formalidad; algunos se levantan y estiran los brazos y piernas o se refrescan con agua; los más jóvenes incluso beben coca-cola a gollete y luego eructan sonoramente. Eso es, nada de solemnidades.

Pero, luego de un rato flotando felizmente en ese estado próximo al nirvana, enseguida comienzo sentir con creciente inquietud que el sonido profundo y grave de esas trompetas tibetanas. El sonido de ese instrumento, para hacerse una idea, es semejante al bramido del mar cuando retumba fuerte y triste en medio de la tempestad,  parecido a ese sonido  hondo y ronco de aguas embravecidas  que anuncia una fuerza muy superior a lo humano. Ese mugido poderoso me vibra en el corazón, usa mi pecho como caja de resonancia, la abre sin dificultad alguna y libera un sentimiento que estaba sumergido muy profundo y muy oscuro.

Es bien sabido que la marea al estrellarse contra las rocas las pulveriza, porque nada hay más fuerte que el agua. De igual modo, más fuertes que las defensas que interpone mi voluntad, brotan las lágrimas. Lloro y sollozo sin consuelo ni rebozo alguno.  Todavía lloro con unas goteronas que, de tan plenas, resbalan lentas por las mejillas, cuando ya ha terminado la ceremonia y abandonamos la estancia. Y continúo haciéndolo una vez en el exterior del templo. No voy a negar que en otras circunstancias sentiría yo vergüenza eterna por semejante exhibición sentimental y pública, pero lo que me ocurre ahora está más allá de todo pudor. Afortunadamente mis compañeros también están afectados y respetan mi estado sin intentar  consolarme – a lo mejor tampoco saben cómo hacer- mientras Javier me toma del brazo, fiel lazarillo. Aun con la poca claridad que conservo, noto sobre mí las miradas extrañadas de la gente; no me importan, las entiendo; sé que entregarse a estos excesos emocionales no está bien visto en Oriente, bueno, tampoco en Occidente, podría explicarles, si estuviera yo para explicaciones.

Sin embargo, lo peor estaba aún por llegar: en las afueras del santuario, cuando creo que la brisa y la visión de las montañas me tranquilizarán, vislumbro de pronto a un hombre viejo, harapiento y sin dientes que vende bálsamo del tigre. Ahí nuestras miradas se cruzan, ahí se detienen una en la otra y entonces… ahí es el acabose: redoblo mis sollozos con una furia sorprendente hasta para mí misma. Lloro por mí, por él, por el eterno sufrimiento de la humanidad, no sé ni por qué lloro, sólo sé que  siento el peso de un dolor muy grande que estaba estancado en  algún lugar oscuro de la conciencia.

Con el tiempo he llegado a saber que  esos cánticos ceremoniales y esa música no suelen dejar a nadie indiferente. Me conforta saber que no soy la única a la que le ha sucedido, pero reconozco lo ocurrido fue algo mucho más allá que un mero traspasar la indiferencia. Sólo horas más tarde me calmo, casi diría que curada de algo que llevaba dentro desde hacía mucho tiempo, no sé cuánto, y cuyo nombre desconozco, pero que no por eso hacía menos daño, acaso un extraño y oscuro pasaje de mi pasado. Namasté, bye-bye, me despide un monje muy sonriente.

 

IV

Comeremos en una casa particular donde nos recibe el patriarca de una  familia muy numerosa llena de críos que corren de un lado para otro chillando y  haciendo monerías para llamar la atención: los niños son niños en todas partes. Al pasar por delante de la cocina hago intento de entrar, pero Ahsa me detiene con un gesto muy sutil, no es bienvenida la curiosidad de los forasteros en el lugar donde se preparan los alimentos, y en este caso no se hacen distingos de sexo. Yo me asomo un momento, y veo a las mujeres de mediana edad, todas muy sonrientes porque este pueblo es muy risueño, afanadas entre ollas, “Namasté”; me recuerdan a mi madre y a mis tías, a mi abuela en la aldea del norte, hace de eso muchos años ya.  En el fondo, somos muy parecidos en todas partes. Cambian las formas, las maneras, sin embargo es la misma humanidad en todas partes.

Mientras se guisan los platos, el patriarca que nos ha recibido nos conduce a una sala del piso superior. Sobre el suelo alfombrado se sientan con nosotros algunos de los hombres de la casa y nos dan conversación mientras el padre de familia enseguida saca un frasco de cristal y nos ofrece chang, una  bebida alcohólica típica de la región que se prepara con cebada. Es suave en la garganta, y sus efectos se dejan sentir rápido en el ánimo; alegra y predispone a la apertura, de modo que charlamos y brindamos con nuestros anfitriones por la compañía.

Un hombre nos sirve el plato nacional nepalí, menú casi único cuando se sale de las grandes ciudades. Se compone de sopa de lentejas, arroz y verduras al curry con algo de carne de buey o pollo;  una comida completa al tiempo que deliciosa. Llegados los postres,  unos dulces de arroz frito absolutamente sublimes, se desarrolla ante nuestros ojos una escena conmovedora por su espontaneidad: entra en la habitación una muchacha de unos veintitantos años que avanza con dificultad gimiendo como una niña pequeña; se nota que padece alguna forma de retraso físico y mental. El padre se levanta con  un movimiento lleno de dulzura y fortaleza a la vez, toma a la muchacha de la mano y la lleva a sentarse a su lado. Ella se acurruca en el regazo del padre como un animalito mientras él le habla bajito, le acaricia tiernamente la cabeza despeinada. ¡Ay!  Ese gesto tan dulce es una llamada al corazón. ¡Ay! ¿Voy  a emprenderla de nuevo con la llantina? Pues a punto estoy, pero esta vez será de agradecimiento, pues me doy cuenta de que el corazón late en todos nosotros por igual.

Y ya a la hora de partir nos cuesta despedirnos de nuestros anfitriones, porque pese a que nosotros somos en realidad clientes, el comportamiento de esta familia hacia nosotros es de auténticos anfitriones. “Namasté, bye-bye”, nos dice agitando las manos un grupo de niños sonrientes mientras el padre y la hija, cogidos de la mano, nos acompañan pausadamente hasta la entrada de la finca. “Namasté, que quiere decir, nos aclara Asha, “lo divino que hay en mí saluda a lo divino que hay en ti”. Lo mismo, lo mismo les deseamos a usted y a su hermosa familia, señor.

 

V

De nuevo en el camino,  me fijo en un hombre que  lleva a cuestas una cesta donde se acurruca una anciana. Miro hacia Asha: “Está enferma, la bajan hasta el dispensario más cercano”. Es la única manera de transportar a los enfermos y heridos, ya que estos caminos de montaña, tan abruptos, no permiten el paso de vehículo alguno.

Es el final de la ruta y, ya muy cansados, caminamos en silencio la mayor parte del tiempo. Ya no estamos lejos de nuestro destino pero no lo alcanzaremos sin que nos caiga antes un buen chaparrón; el cielo lechoso anuncia que  las lluvias vespertinas de la estación húmeda no se harán esperar. Efectivamente, pronto empiezan a caer gotas que rápidamente se convierten en cortina de agua. Corremos a buscar refugio bajo un repecho. Tras un rato de furia, los cielos se calman, escampa el aguacero y reemprendemos la marcha. Asha, como hace muchas veces, ha desaparecido, más tarde volverá sin dar explicaciones que tampoco le pedimos.

El sendero ha quedado tan encharcado después de la lluvia que avanzamos con dificultad, chapoteando con nuestras botas de montaña en el barro, hundiéndonos en él casi hasta el tobillo  cuando aparece a nuestro lado un hombre de edad; el gesto grave, el rostro enjuto, con la piel seca y morena pegada a los huesos. Lleva los pantalones remangados hasta la rodilla, un paraguas en una mano y las sandalias en la otra, y avanza  silenciosamente en línea recta, siempre con el mismo paso, al mismo ritmo. Bien diferente a nosotros cuatro, que marchamos a trompicones, saltando de aquí para allá, agotándonos en nuestras prisas, quejándonos. Pronto dejamos atrás al nepalí. Unos cientos de metros más adelante, y para mi sorpresa, el hombre está otra vez a nuestra altura. A paso regular, pronto nos toma de nuevo la delantera. Al rato somos nosotros los que le adelantamos a él; vamos, no podía ser de otro modo porque él camina despaciosamente. No tarda mucho en  volver a estar a nuestra altura. Parecería un juego entre dos bandos, quizás lo es, aunque desde luego él no nos ha dedicado a nosotros ni una mirada. Finalmente, cuando ya se dibujan los techos de la aldea, nos apresuramos y dejamos al hombre del paraguas definitivamente atrás.

A media tarde, exhaustos, alcanzamos el autobús de línea estacionado junto a una fuente donde uno se puede lavar y asear un tanto. Asha, en animada charla con el revisor, nos saluda. Compramos los billetes, y arriba. Cuando miro alrededor  buscando un asiento, para mí sorpresa allí está él, sentado muy derecho en uno de los asientos del fondo, el hombre del paraguas. Observo sus pies, limpios y calzados con las sandalias. Su traje tan libre de barro como cuando salió de su casa  esta mañana. Admirable.

Cae la tarde mientras el autobús entra dando tumbos en la aldea donde nos espera nuestro taxi. Supongo que el conductor no habrá querido arriesgar su cuidado vehículo por aquellas carreteras polvorientas de montaña, y por ese motivo hemos hecho parte del trayecto de vuelta en autobús. Esta vez, como no tengo fuerzas ni humor para conversar con Asha en ese inglés suyo y mío, prefiero no preguntar nada.

La ciudad de Katmandú no queda demasiado lejos y estamos todos cansados y deseando llegar lo antes posible, así que nos damos prisa en colocarnos en el coche, naturalmente en el debido orden en cuanto a sexo y condición, cuando aparece de nuevo el hombre del paraguas. Habla con Asha y con el conductor, a nosotros ni nos mira. Va a Katmandú, a ver a su hija, nos pide si podríamos llevarle; se le ha hecho un poco tarde para ir caminando, no nos importará. No, claro que no, cómo nos va a importar. Namasté. El hombre nos da las gracias sin perder con ello su expresión grave. Admirable.

Los cuatro extranjeros viajamos apretujados en la parte de atrás, porque ahora sí que cabemos. Los tres nacionales se sientan adelante y el coche arranca con su poderoso rugido de motor nuevo. Fuera la noche se ha cerrado por completo y, en el interior del vehículo, viajamos en concentrado silencio. Namasté, bye-bye, pienso antes de caer rendida sobre los cuerpos de mis compañeros.