Namasté, bye-bye

Llaman a la puerta de la habitación. “Namasté”,  saluda el mozo del hotel que nos trae el primer té de la mañana. Coloca cuidadosamente la bandeja con las tazas y tetera sobre una mesita y luego se queda en pie, mirándonos muy sonriente. Se ha levantado antes del amanecer para prepararnos la infusión, y aquí rompe el día antes de las 5 de la mañana, así es que su gesto bien vale una propina. El joven recibe las monedas con gesto digno antes de informarnos de que el coche nos espera abajo. A continuación, se lleva las manos juntas a la altura del corazón, hace una ligera inclinación de cabeza y  se marcha tan silenciosamente como ha llegado. “Namasté, bye-bye”.

El taxi nos conducirá desde la capital del Nepal hasta una aldea situada a unos 40 kilómetros, ya en las estribaciones del Himalaya. Una vez allí, la intención es llevar a cabo una marcha de varios kilómetros a pie por la zona, disfrutando del paisaje y visitando diferentes lugares. Luego, ya a media tarde, tomaremos un autobús que nos trasladará por carreteras abruptas de montaña hasta una localidad  situada en el llano, donde nos recogerá el mismo taxi de la mañana. Será una pequeño, o gran periplo; depende de cómo y desde dónde se miren las cosas.

No ha amanecido aún en Katmandú cuando nos subimos al vehículo. Viajamos el conductor nepalí, Asha, guía en la ruta, al tiempo que gerente del establecimiento donde nos alojamos, y cuatro pasajeros: una pareja de viajeros italianos también huéspedes del hotel, Julio y Luccia, y nosotros dos. Decididos, entramos a la parte trasera del vehículo. No, no, imposible, no cabemos: estos vehículos se fabrican en China, y no están hechos para gente corpulenta, como es la occidental. Está claro  que tendremos que viajar tres delante y tres atrás. Luccia se adelanta muy resuelta y toma asiento al lado del chofer. ¡Ah!, ahí este mueve la cabeza a un lado, muy seriamente, y luego en nepalí y en voz baja se dirige al guía de la expedición. ¿Qué ocurre? Asha, con gran sutileza nos explica, en ese inglés que nos parece tan difícil, supongo que como el nuestro a él, que, siendo como es el espacio muy reducido, no es apropiado que una mujer viaje en contacto tan íntimo con dos hombres desconocidos. Costumbres, decoro entre miembros de distinto sexo, es un asunto que surge con frecuencia en estas tierras y no vamos a discutirlo ahora.

Finalmente Javier viajará delante, la pareja italiana y yo atrás. Se hace tarde, así que cada uno procura acomodarse lo mejor posible entre sus compañeros y el vehículo arranca enseguida: es un coche muy moderno para lo que se ve por aquí. Un coche de esta categoría no  lo tiene cualquiera en Nepal, ni mucho menos. Cuestión de tener tratos con el turismo, como en todas partes, más o menos.

Atravesamos las calles desiertas y oscuras de una ciudad que todavía duerme. Pero Katmandú es una ciudad pequeña y pronto nos encontramos rodando por el valle, en dirección a las montañas. A partir de ahí la estrecha carretera serpentea hacia un lado y hacia otro, bifurcándose una y otra vez, sin que exista un solo cartel o señal que indique el destino. Sea como sea, el conductor nunca duda a la hora de elegir un desvío; parece conocer muy bien el terreno, así es que me relajo en el asiento de ventanilla que me ha tocado, respiro y me dejo llevar: todo está bien, a veces es importante llevar las riendas de las cosas, otras, confiar en la tutela del que sabe más es lo sensato, pienso mientras contemplo el paisaje que comienza a surgir de la oscuridad.

Pues amanece: luces azuladas, violetas, dulcemente rosadas sobre el verdor de los inacabables campos de arroz. Siempre, el amanecer es un momento de una serenidad y un esplendor que maravilla. En todos los lugares del mundo, imagino, será así, pero en este lugar tan cerca del cielo… la aurora se percibe como el principio de todo, la perfección más absoluta, y también el último instante de soledad y silencio antes de que el mundo gire hacia su febril actividad diurna. Nadie puede resistirse a su hechizo, y los viajeros, antes locuaces, nos quedamos en silencio contemplando su extraordinaria belleza mientras se aproximan las distantes montañas del Himalaya: suspiro, un sueño de juventud alimentado por muchas lecturas de autores tan soñadores como yo misma.

 

II

La mañana es radiante y el aire limpio y fresco cuando llegamos a nuestro destino. El taxi nos ha dejado en medio de una plazuela formada por cuatro o cinco casas de barro.  Namasté, bye-bye, nos despide el conductor, empleando una fórmula internacional, se ve que el trato con el turismo le obliga a saber idiomas. Adiós, bye-bye, decimos nosotros mientras acabamos de ajustarnos las pequeñas mochilas, que solo llevan galletas, algo de agua y un jersey por si refresca. Pronto nos sorprenderá mucho la cantidad de gente caminando en una y otra dirección que encontramos por el camino. A pesar del terreno escarpado y abrupto, explica el guía, es una vía muy transitada ya que une varias aldeas entre sí. Mujeres de tez morena, vestidas con trajes multicolores, niños muy sonrientes con los ojos pintados de kohl que llevan ropas demasiado amplias o demasiado pequeñas para ellos, cosas de las herencias. Hay hombres de andares elegantes vestidos con trajes viejos y, a su lado, bestias que caminan a paso lento. Prácticamente todos ellos portan uno o más bultos en la cabeza o a cuestas, incluso los más pequeños llevan algún fardo, pues aquí estas caminatas por la montaña no se hacen en balde.

Nos detenemos en un puesto donde se sirven vasos de leche de búfala y unos buñuelos fritos en grasa también de búfalo. La leche sabe aguada; bien, es una manera  de hacer cundir un alimento escaso y muy valorado por estas tierras; tiene que haber para todos. Nos despiden con gestos amables y corteses inclinaciones. “Namasté”, bye-bye!”, dicen llevándose las manos unidas a la altura del corazón.

Horas más tarde, cuando el sol está en lo alto, el polvo, el aire sofocante y la luz tan brillante hacen fatigoso el camino. Las piernas flojean. Resoplamos, bebemos agua, nos secamos el sudor del rostro. El único que no da muestras de fatiga es Asha, él lleva siempre un paso lento y continuo y mantiene el mismo talante desde primera hora de la mañana; curiosamente no se le ve sudoroso, y tampoco jadea por el esfuerzo, que es el mismo que el nuestro. Por lo que he podido observar, no se queja nunca, jamás discute con nadie y tampoco gasta mucho en conversación. Con gesto serio, que no adusto, camina con parsimonia y sus movimientos son elegantes y austeros; una forma de ser y estar muy propia de la mayoría de las gentes de aquí; influencia del budismo, dicen que es.

Y en cuanto a nosotros…hemos venido de tan lejos, vivimos ahora un tiempo y un espacio tan distinto al nuestro cotidiano, que me parece irreal estar  rozando el “techo del mundo”. Asombrosa y sobrecogedora: la cordillera del Himalaya ejerce una atracción magnética. Aquí resulta fácil entender por qué amamos las montañas; ejercen sobre nosotros su fascinación de enorme ser milenario. Poderosamente enraizadas en las profundidades de la tierra, se elevan hacia el cielo con imponente majestuosidad, como sabedoras de que custodian en su seno una milenaria sabiduría. Están ahí desde mucho antes de nuestro nacimiento como especie, y seguirán allí mucho tiempo después de que hayamos desaparecido. Tal vez sea por eso, para medir sus fuerzas con lo intemporal, por  lo que muchos intentan su conquista a pesar del riesgo que conlleva.

 

III

Sopla una agradable brisa cuando bajamos al valle donde se alza uno de los monasterios del budismo tibetano de la zona; una fortaleza de piedra, cerrada sobre sí misma por altos muros y estrechas ventanas, al tiempo que abierta al exterior mediante edificaciones anexas, patios, jardines y stupas. Estas últimas son  unas curiosas construcciones religiosas realizadas en piedra o metal y semejantes a enormes rodillos, en cuya superficie se graban plegarias. Los fieles creen que cuando las stupas se hacen girar sobre su eje, siempre en el sentido de las agujas del reloj, esas oraciones se esparcen por el éter y se dirigen hacia donde la voluntad del devoto desee, o hacia el estado infinito y misericordioso que el Budismo llama Clara Luz. Hago girar una de ellas, que rueda enseguida con extraordinaria facilidad ¡Envío tus palabras hasta el hogar donde se encuentran los míos, hacia mis convecinos, amigos, a toda mi ciudad, al país, a este país que ahora me acoge, al mundo y al universo entero! La hago girar una y otra vez, sin parar, como hipnotizada por el movimiento…hasta que, vuelvo de golpe al presente cuando las voces de mis compañeros llamándome me arrancan de ese instante mágico. Sí, ya voy.

Del interior del monasterio escapa una música de percusión, metal y voces humanas que nos atrae y  conduce  a lo largo de un pasillo oscuro, con paredes de madera y suelo alfombrado. En la gran sala del fondo a donde la luz exterior llega delicadamente tamizada por celosías de madera y cortinas traslúcidas que se mecen en la suave brisa,  nos encontramos con un numeroso grupo de monjes budistas de todas las edades, niños, jóvenes y ancianos, algunos  sentados en  bancos bajos, otros en el suelo con las piernas cruzadas, todos ellos envueltos en túnicas que van del color azafrán al rojo profundo y luciendo la cabeza rapada para significar con ello el abandono de la imagen y de los deseos mundanos.

En la sala hay bastantes nativos y algún que otro turista.  Procurando no hacer ruido nos sentamos en el suelo en la primera fila. Estamos tan cerca que las trompetas casi nos rozan los pies. Estoy cómoda sentada en la tarima con las piernas cruzadas al estilo oriental; el aire huele a la fragancia del incienso que arde lentamente y me resulta muy agradable la presencia de otras personas alrededor; en absoluto tengo la sensación de estar entre extraños, al contrario.

Los monjes llevan a cabo una ceremonia devocional o un recital de alabanzas. Sin entenderlo, se entiende. De modo que me dejo transportar por la energía que emana de la música de los tambores de diferentes tamaños, platillos de metal, campanas de bronce y unas trompetas larguísimas de más de dos metros de longitud, que hay que tener pulmón para hacer sonar eso, me asombro. Cantan, recitan textos y mantras y tocan los instrumentos musicales sin excesiva formalidad; algunos se levantan y estiran los brazos y piernas o se refrescan con agua; los más jóvenes incluso beben coca-cola a gollete y luego eructan sonoramente. Eso es, nada de solemnidades.

Pero, luego de un rato flotando felizmente en ese estado próximo al nirvana, enseguida comienzo sentir con creciente inquietud que el sonido profundo y grave de esas trompetas tibetanas. El sonido de ese instrumento, para hacerse una idea, es semejante al bramido del mar cuando retumba fuerte y triste en medio de la tempestad,  parecido a ese sonido  hondo y ronco de aguas embravecidas  que anuncia una fuerza muy superior a lo humano. Ese mugido poderoso me vibra en el corazón, usa mi pecho como caja de resonancia, la abre sin dificultad alguna y libera un sentimiento que estaba sumergido muy profundo y muy oscuro.

Es bien sabido que la marea al estrellarse contra las rocas las pulveriza, porque nada hay más fuerte que el agua. De igual modo, más fuertes que las defensas que interpone mi voluntad, brotan las lágrimas. Lloro y sollozo sin consuelo ni rebozo alguno.  Todavía lloro con unas goteronas que, de tan plenas, resbalan lentas por las mejillas, cuando ya ha terminado la ceremonia y abandonamos la estancia. Y continúo haciéndolo una vez en el exterior del templo. No voy a negar que en otras circunstancias sentiría yo vergüenza eterna por semejante exhibición sentimental y pública, pero lo que me ocurre ahora está más allá de todo pudor. Afortunadamente mis compañeros también están afectados y respetan mi estado sin intentar  consolarme – a lo mejor tampoco saben cómo hacer- mientras Javier me toma del brazo, fiel lazarillo. Aun con la poca claridad que conservo, noto sobre mí las miradas extrañadas de la gente; no me importan, las entiendo; sé que entregarse a estos excesos emocionales no está bien visto en Oriente, bueno, tampoco en Occidente, podría explicarles, si estuviera yo para explicaciones.

Sin embargo, lo peor estaba aún por llegar: en las afueras del santuario, cuando creo que la brisa y la visión de las montañas me tranquilizarán, vislumbro de pronto a un hombre viejo, harapiento y sin dientes que vende bálsamo del tigre. Ahí nuestras miradas se cruzan, ahí se detienen una en la otra y entonces… ahí es el acabose: redoblo mis sollozos con una furia sorprendente hasta para mí misma. Lloro por mí, por él, por el eterno sufrimiento de la humanidad, no sé ni por qué lloro, sólo sé que  siento el peso de un dolor muy grande que estaba estancado en  algún lugar oscuro de la conciencia.

Con el tiempo he llegado a saber que  esos cánticos ceremoniales y esa música no suelen dejar a nadie indiferente. Me conforta saber que no soy la única a la que le ha sucedido, pero reconozco lo ocurrido fue algo mucho más allá que un mero traspasar la indiferencia. Sólo horas más tarde me calmo, casi diría que curada de algo que llevaba dentro desde hacía mucho tiempo, no sé cuánto, y cuyo nombre desconozco, pero que no por eso hacía menos daño, acaso un extraño y oscuro pasaje de mi pasado. Namasté, bye-bye, me despide un monje muy sonriente.

 

IV

Comeremos en una casa particular donde nos recibe el patriarca de una  familia muy numerosa llena de críos que corren de un lado para otro chillando y  haciendo monerías para llamar la atención: los niños son niños en todas partes. Al pasar por delante de la cocina hago intento de entrar, pero Ahsa me detiene con un gesto muy sutil, no es bienvenida la curiosidad de los forasteros en el lugar donde se preparan los alimentos, y en este caso no se hacen distingos de sexo. Yo me asomo un momento, y veo a las mujeres de mediana edad, todas muy sonrientes porque este pueblo es muy risueño, afanadas entre ollas, “Namasté”; me recuerdan a mi madre y a mis tías, a mi abuela en la aldea del norte, hace de eso muchos años ya.  En el fondo, somos muy parecidos en todas partes. Cambian las formas, las maneras, sin embargo es la misma humanidad en todas partes.

Mientras se guisan los platos, el patriarca que nos ha recibido nos conduce a una sala del piso superior. Sobre el suelo alfombrado se sientan con nosotros algunos de los hombres de la casa y nos dan conversación mientras el padre de familia enseguida saca un frasco de cristal y nos ofrece chang, una  bebida alcohólica típica de la región que se prepara con cebada. Es suave en la garganta, y sus efectos se dejan sentir rápido en el ánimo; alegra y predispone a la apertura, de modo que charlamos y brindamos con nuestros anfitriones por la compañía.

Un hombre nos sirve el plato nacional nepalí, menú casi único cuando se sale de las grandes ciudades. Se compone de sopa de lentejas, arroz y verduras al curry con algo de carne de buey o pollo;  una comida completa al tiempo que deliciosa. Llegados los postres,  unos dulces de arroz frito absolutamente sublimes, se desarrolla ante nuestros ojos una escena conmovedora por su espontaneidad: entra en la habitación una muchacha de unos veintitantos años que avanza con dificultad gimiendo como una niña pequeña; se nota que padece alguna forma de retraso físico y mental. El padre se levanta con  un movimiento lleno de dulzura y fortaleza a la vez, toma a la muchacha de la mano y la lleva a sentarse a su lado. Ella se acurruca en el regazo del padre como un animalito mientras él le habla bajito, le acaricia tiernamente la cabeza despeinada. ¡Ay!  Ese gesto tan dulce es una llamada al corazón. ¡Ay! ¿Voy  a emprenderla de nuevo con la llantina? Pues a punto estoy, pero esta vez será de agradecimiento, pues me doy cuenta de que el corazón late en todos nosotros por igual.

Y ya a la hora de partir nos cuesta despedirnos de nuestros anfitriones, porque pese a que nosotros somos en realidad clientes, el comportamiento de esta familia hacia nosotros es de auténticos anfitriones. “Namasté, bye-bye”, nos dice agitando las manos un grupo de niños sonrientes mientras el padre y la hija, cogidos de la mano, nos acompañan pausadamente hasta la entrada de la finca. “Namasté, que quiere decir, nos aclara Asha, “lo divino que hay en mí saluda a lo divino que hay en ti”. Lo mismo, lo mismo les deseamos a usted y a su hermosa familia, señor.

 

V

De nuevo en el camino,  me fijo en un hombre que  lleva a cuestas una cesta donde se acurruca una anciana. Miro hacia Asha: “Está enferma, la bajan hasta el dispensario más cercano”. Es la única manera de transportar a los enfermos y heridos, ya que estos caminos de montaña, tan abruptos, no permiten el paso de vehículo alguno.

Es el final de la ruta y, ya muy cansados, caminamos en silencio la mayor parte del tiempo. Ya no estamos lejos de nuestro destino pero no lo alcanzaremos sin que nos caiga antes un buen chaparrón; el cielo lechoso anuncia que  las lluvias vespertinas de la estación húmeda no se harán esperar. Efectivamente, pronto empiezan a caer gotas que rápidamente se convierten en cortina de agua. Corremos a buscar refugio bajo un repecho. Tras un rato de furia, los cielos se calman, escampa el aguacero y reemprendemos la marcha. Asha, como hace muchas veces, ha desaparecido, más tarde volverá sin dar explicaciones que tampoco le pedimos.

El sendero ha quedado tan encharcado después de la lluvia que avanzamos con dificultad, chapoteando con nuestras botas de montaña en el barro, hundiéndonos en él casi hasta el tobillo  cuando aparece a nuestro lado un hombre de edad; el gesto grave, el rostro enjuto, con la piel seca y morena pegada a los huesos. Lleva los pantalones remangados hasta la rodilla, un paraguas en una mano y las sandalias en la otra, y avanza  silenciosamente en línea recta, siempre con el mismo paso, al mismo ritmo. Bien diferente a nosotros cuatro, que marchamos a trompicones, saltando de aquí para allá, agotándonos en nuestras prisas, quejándonos. Pronto dejamos atrás al nepalí. Unos cientos de metros más adelante, y para mi sorpresa, el hombre está otra vez a nuestra altura. A paso regular, pronto nos toma de nuevo la delantera. Al rato somos nosotros los que le adelantamos a él; vamos, no podía ser de otro modo porque él camina despaciosamente. No tarda mucho en  volver a estar a nuestra altura. Parecería un juego entre dos bandos, quizás lo es, aunque desde luego él no nos ha dedicado a nosotros ni una mirada. Finalmente, cuando ya se dibujan los techos de la aldea, nos apresuramos y dejamos al hombre del paraguas definitivamente atrás.

A media tarde, exhaustos, alcanzamos el autobús de línea estacionado junto a una fuente donde uno se puede lavar y asear un tanto. Asha, en animada charla con el revisor, nos saluda. Compramos los billetes, y arriba. Cuando miro alrededor  buscando un asiento, para mí sorpresa allí está él, sentado muy derecho en uno de los asientos del fondo, el hombre del paraguas. Observo sus pies, limpios y calzados con las sandalias. Su traje tan libre de barro como cuando salió de su casa  esta mañana. Admirable.

Cae la tarde mientras el autobús entra dando tumbos en la aldea donde nos espera nuestro taxi. Supongo que el conductor no habrá querido arriesgar su cuidado vehículo por aquellas carreteras polvorientas de montaña, y por ese motivo hemos hecho parte del trayecto de vuelta en autobús. Esta vez, como no tengo fuerzas ni humor para conversar con Asha en ese inglés suyo y mío, prefiero no preguntar nada.

La ciudad de Katmandú no queda demasiado lejos y estamos todos cansados y deseando llegar lo antes posible, así que nos damos prisa en colocarnos en el coche, naturalmente en el debido orden en cuanto a sexo y condición, cuando aparece de nuevo el hombre del paraguas. Habla con Asha y con el conductor, a nosotros ni nos mira. Va a Katmandú, a ver a su hija, nos pide si podríamos llevarle; se le ha hecho un poco tarde para ir caminando, no nos importará. No, claro que no, cómo nos va a importar. Namasté. El hombre nos da las gracias sin perder con ello su expresión grave. Admirable.

Los cuatro extranjeros viajamos apretujados en la parte de atrás, porque ahora sí que cabemos. Los tres nacionales se sientan adelante y el coche arranca con su poderoso rugido de motor nuevo. Fuera la noche se ha cerrado por completo y, en el interior del vehículo, viajamos en concentrado silencio. Namasté, bye-bye, pienso antes de caer rendida sobre los cuerpos de mis compañeros.

Un paseo por las estribaciones del Himalaya

I

Javier y yo estamos terminando de preparar nuestras pequeñas mochilas, cuando un mozo del hotel de Katmandú llama a la puerta de la habitación; “Namasté”, con su saludo nos trae el primer té de la mañana. Coloca cuidadosamente la bandeja con las tazas y tetera sobre una mesita, y allí se queda de pie,  sonriente. Espera una pequeña propina por el servicio; probablemente él no percibe ningún salario por su trabajo, o si lo recibe será una cantidad bien exigua, así que trabaja prácticamente por la comida y subsiste de las propinas que quieran darle los clientes del establecimiento. Y esta vez realmente se la merece; todavía no ha amanecido y en el pequeño hotel todo es oscuridad y  silencio. Huéspedes y personal duermen todavía mientras él se ha levantado para preparar la infusión aromática y servirla recién hecha. Javier le da unas rupias nepalíes y el muchacho inclina la cabeza y se marcha, “Namasté”, tan suavemente como ha llegado, “Namasté”, le respondemos.

Mientras tanto, el guía de nuestra excursión –gerente, a su vez, del modesto hotel donde nos hospedamos- ha salido a buscar al taxista con el que ha apalabrado el viaje que nos llevará desde la capital del Nepal hasta una aldea situada a unos 40 kilómetros hacia el nordeste, en dirección a las estribaciones del Himalaya. Una vez allí, emprenderemos una marcha de unos veinte o veinticinco kilómetros a pie por la zona montañosa, parando a comer en algún hostal. Continuaremos luego la ruta y, a media tarde, más o menos porque aquí no hay horarios exactos, llegar a un pueblo donde tomaremos un autobús que nos llevará a otro pueblo donde nos recogerá el mismo taxi que nos habrá llevado por la mañana.

No  ha amanecido aún en Katmandú cuando subimos al vehículo. El conductor, Ashram, el guía y cuatro pasajeros: una pareja de viajeros italianos, Julio y Luccia y nosotros dos. Los cuatro intentamos sentarnos en los asientos de atrás. No, no puede ser, estos vehículos son chinos, no están hechos para gente en general corpulenta, como la occidental. De modo que no hay sitio para los cuatro en los asientos de atrás, así es que tendremos que distribuirnos tres y tres. Julia se adelanta con decisión y entra por la puerta delantera. El conductor, cortés, tranquilo, le dice algo a Ashram en nepalí. Es el trato entre ambos es de confianza, se ve que se conocen de otras ocasiones. Pero entendemos que algo pasa: Ashram, sutilmente, nos da a entender, en ese inglés difícil en el que nos comunicamos, que en los asientos de adelante, junto al conductor y él mismo, debe ir otro hombre. El espacio es muy reducido y no se considera apropiado que viaje una mujer, ya sea o no extranjera, en contacto tan íntimo con dos hombres desconocidos. Decoro, costumbres…es un asunto que surge con frecuencia en estas tierras y que no tiene sentido ponerse a discutir. Además, siendo sincera, la nueva disposición nos parece lo más cómodo y apropiado para todos. Javier viajará delante, la pareja italiana y yo atrás. Cada uno se acomoda lo mejor posible y el vehículo arranca.

Observo que es un coche muy bueno para lo que se ve por aquí. Un taxi de esta categoría no  lo tiene cualquiera en Nepal, ni mucho menos. Parece claro que aquellos ciudadanos nepalíes que tienen contacto directo con los turistas, en los hoteles, y, sobre todo, en la organización de rutas y trekkings, prosperan muy por encima  de la media de sus conciudadanos.

Nos deslizamos por las calles desiertas y oscuras de una ciudad que duerme. Katmandú no es muy grande y no tardamos mucho en salir al valle, en dirección nordeste. A partir de ahí yo me desoriento por completo; la estrecha carretera gira hacia un lado y hacia otro, bifurcándose una y otra vez , sin que exista un solo cartel o señal que indique el destino. Esto es así en todas las carreteras de Nepal que hemos recorrido. De cualquier forma, el conductor nunca duda a la hora de elegir un desvío; parece conocer muy bien el terreno, así que me relajo en mi asiento y me dejo llevar, llevar y respiro: todo está bien, a veces es importante tener control sobre las cosas; otras, dejarse llevar, confiar en la guía de otros, es apropiado.

Amanece tras las ventanillas; luces azuladas, violetas, dulcemente rosadas sobre el verdor del paisaje de este país. Siempre, en todas partes, el amanecer es un momento de una serenidad y un esplendor que maravilla y sobrecoge por igual. En todas partes es así, pero en este lugar, tan lejos de casa, tan cerca del cielo, aquí es el principio, la perfección más absoluta, y también el último instante de soledad y silencio en el que se sumerge el alma antes de que el mundo gire hacia su febril actividad diurna. Es imposible para los sentidos resistirse a la hermosura del alba; todos en el interior del vehículo nos abandonamos en silencio a la contemplación de su extraordinaria belleza.

Y en ese silencio viajamos largo rato, hasta que, poco a poco, la brillante luz solar nos saca de ese estado de ensoñación o de somnolencia, que de todo ha habido entre los viajeros y nos movemos, empezamos a hablar, pedimos agua, nos arrebujamos de nuevo buscando estar cómodos los unos entre los otros.

Un hora más tarde, el automóvil se detiene frente a una pequeña plazoleta formada por edificios de barro  y piedra, al pie de una colina desde donde arranca una senda estrecha. Cuando descendemos del vehículo, el aire es limpio y fresco, la mañana, radiante. Cogemos nuestras mochilas y, tras despedirnos del conductor, emprendemos la marcha, sendero arriba. El terreno es ciertamente escarpado, difícil. Sin embargo, es una vía muy transitada, como en seguida observamos, ya que une varias aldeas entre sí, nos informa el guía. Me llama la atención ver los numerosos y variopintos  caminantes con los que nos cruzamos; mujeres, niños, hombres, bestias, casi todos ellos portando uno o más bultos.

 

II

Es la hora del desayuno así que Ashram considera hacer un alto en una de las modestas casas del camino. Me imagino que serán conocidos o familiares suyos a los que quiere proporcionar alguna pequeña ganancia. Dentro, en una pequeña habitación, negra por el humo, nos amontonamos, sentados en el suelo, los hombres de la casa y todo nuestro grupo. Se sirven vasos de leche de búfalo y unos buñuelos fritos en grasa, también de búfalo. La leche me sabe aguada, no sé si porque somos turistas o porque es su manera habitual de hacer cundir el alimento, siempre escaso por estas tierras. Mejor, pienso, no es necesario comer tanto. Nosotros agradecemos  el refrigerio mientras que a ellos se les ve contentos de tenernos allí, de hacer un pequeño negocio, pero también de relacionarse con otros: son gente hospitalaria con los forasteros y se les nota deseosos de complacer, buscan comunicarse como pueden mediante gestos o a través de nuestro guía, al que es evidente que conocen.

La compañía es muy agradable, pero ya es hora de reemprender la marcha. Cuando queremos pagar por el refrigerio, Ashram nos detiene con un gesto suave; ya se encarga él. “Namasté”, “Namasté”, nos despedimos de los sonrientes anfitriones, que acuden a la puerta para vernos partir y despedirse con gestos amables y corteses inclinaciones, a los que nosotros respondemos intentando ser igual de amables. Un montón de alegres niños y niñas, vestidos todos con ropas demasiado grandes o demasiado pequeñas para ellos, los ojos negros alrededor por el khöl con el que sus madres los embadurnan para protegerlos del exceso de luz, han salido de no se sabe dónde y  corren gritando a nuestro lado mientras nos alejamos. Nos dicen adiós en inglés. “Bye, bye”, repiten incansables sus vocecillas.

Cuando el sol inclemente del verano en estas tierras asciende, el camino se  hace más y más duro, el aire, sofocante, las piernas más flojas. El único que no da muestras de fatiga es Ashram, él lleva un paso lento y continuo y mantiene el mismo talante desde primera hora de la mañana hasta las buenas noches. No se queja, nunca discute con nadie, y no gasta mucho en conversación. Se mueve y camina con parsimonia elegante y austera. Una austeridad que fluye elegante, como agua limpia. He observado que es una forma de estar muy propia de la mayoría de las gentes de aquí. Tal vez sea la influencia del Budismo lo que los hace así.

Hemos venido de tan lejos, vivimos ahora un tiempo y un espacio tan distinto al que habitamos, que casi me parece irreal estar  en el “techo del mundo”.  Asombrosa y sobrecogedora: la vista omnipresente de las enormes montañas del Himalaya es extraordinaria; poderosamente enraizadas en las profundidades de la tierra, se elevan hacia el cielo con imponente majestuosidad: Están ahí desde mucho antes de nuestro nacimiento y seguirán allí mucho tiempo después de nuestra muerte, acumulando en su interior su intemporal  sabiduría telúrica. Comprendo los humanos amemos  las montañas, percibimos su fascinación de enorme ser milenario. Tal vez sea por eso por lo que muchos intentan  su conquista, para medir sus fuerzas con ellas. La montaña se vuelve realidad terrenal a nuestros sentidos y símbolo de lo elevado en la mente.

Bajamos hacia un pequeño valle, se encuentra uno de los varios monasterios del budismo tibetano de la zona; una fortaleza de piedra, cerrada sobre si misma por altos muros y estrechas ventana pero, al mismo tiempo abierta al exterior mediante edificaciones anexas, patios, jardines y stupas. Estas últimas son  construcciones religiosas realizadas en piedra o metal y semejantes a enormes rodillos, cuya superficie aparece cubierta de plegarias. Cuando las stupas son giradas sobre su eje por los fieles, siempre en  el sentido de las agujas del reloj, esas oraciones escritas participan del movimiento de la stupa, se esparcen por el éter y se dirigen hacia donde la voluntad del devoto desee, o hacia el estado infinito y misericordioso que el Budismo llama Dios. Hago girar una de ellas una: ¡Envío la bondad de sus palabras hasta el hogar donde se encuentran los míos, hacia mis convecinos, amigos, a toda mi ciudad, al país, a este país que ahora me acoge, al mundo y al universo entero! Pronto, el movimiento de la stupa me atrapa a mí también, de manera que continuó haciéndola girar una y otra vez, una y mil veces, girar, girar, de forma casi hipnótica, hasta que, finalmente,  me detienen las voces de mis compañeros llamándome.

Ya en el interior del monasterio, una música de percusión, metal y voces humanas nos atrae y conduce por un pasillo oscuro, de paredes de madera y suelo alfombrado. En una de las salas abierta a la gente, y tras unas celosías que resguardan de una visión demasiado directa, se encuentran  un numeroso grupo de monjes budistas de todas las edades, desde niños a ancianos, unos  sentados en unos sillares no muy altos, en el suelo otros, en su acostumbrada forma,  con las piernas cruzadas, envueltos en túnicas que van del color azafrán al rojo profundo, todos ellos con la cabeza rapada significando el abandono de la imagen en el mundo y de los deseos mundanos. Llevan a cabo una de sus particulares ceremonias, de la cual desconozco su significado, pero me dejo transportar por la energía que emanan cantando y tocando sus peculiares instrumentos; tambores de diferentes tamaños, platillos de metal, campanas de bronce y unas trompetas larguísimas. Los monjes cantan, recitan textos y mantras y tocan los instrumentos musicales sin excesiva formalidad; veo que algunos se levantan y estiran los brazos y piernas o se refrescan con agua, los más jóvenes incluso beben coca-cola a gollete, directamente de la botella que tienen al lado.

Procurando no hacer ruido, nos sentamos frente a los ejecutantes. Nos  mezclamos con otras personas, nativos del lugar sobre todo,  pero también algún que otro turista. Como nos colocamos en la primera fila, me asombro de que las trompetas que usan son en verdad tan largas que casi llegan hasta nuestros pies.

Me siento tan bien dejándome llevar por las sensaciones, allí, sentada en el suelo, con las piernas cruzadas, en esa sala de madera en la que la luz exterior llega delicadamente tamizada por celosías de madera hecha encaje y cortinas traslúcidas que se mecen en una suave brisa. Me resulta muy agradable la presencia de otras personas a mí alrededor, no sólo la familiar de Javier y el resto de nuestro grupo, sino también de los desconocidos y la de los monjes enfrente. No tengo sensación alguna de estar entre extraños y eso no es algo que me pase todos los días. Me siento feliz, en calma.

Pasa un buen rato, en atenta escucha de la música cuando comienzo a notar que el sonido profundo y grave de esas trompetas tibetanas, ese mugido poderoso, vibra en la raíz de mi cuerpo, en el chackra base, al final de la columna vertebral, va subiendo hasta concentrarse en el plexo solar, y desde allí, sube en un borbotón, retumba en el corazón, usa mi pecho como caja de resonancia, se abre  paso a través de él de una forma que me atraviesa y desarma por completo. Prosigue ese extraño sonido, durante un buen rato, como una marea que va subiendo, arrastrando desde no se que profundidades un sonido semejante a un sonido OU hondo y ronco. Por momentos me recuerda al sonido que emiten los grandes barcos cuando anuncian su partida o el sonido de mi mar Cantábrico en las tempestades del invierno.

La marea, al estrellarse contra las rocas, las pulveriza, porque nada hay más fuerte que el agua, lo fluido y lo intangible. Así que, sin poder ni querer evitarlo, las lágrimas me suben, agua hirviente, desde el corazón a la garganta y brotan libremente por mis ojos. Lloro cuando abandonamos la estancia un rato más tarde. Y continúo llorando durante al menos las tres horas siguientes. En otra ocasión sentiría mucha vergüenza de llorar así en público, es desconcertante, pero no puedo parar. De alguna forma mis compañeros comprenden, puesto que ellos también están afectados. Agradezco que ninguno de ellos intente consolarme, y respeten mi llanto mientras Javier me acompaña en silencio casi como un lazarillo y me toma del brazo para guiarme  porque verdaderamente estoy tan sumergida en esa fuerza emocional que se me ha desatado dentro que apenas puedo atender a lo que ocurre fuera, ni por donde voy ni hacia donde camino. Noto que la gente me mira extrañada, porque no es normal en Oriente el entregarse a estas manifestaciones emocionales, bueno, tampoco lo hago yo en Occidente, me digo, pero ¿qué puedo yo hacer?

En los alrededores del templo veo a un hombre viejo, harapiento, sin dientes, vende bálsamo del tigre, y por unos momentos, nuestras miradas se cruzan y se detienen una en la otra. Doy media vuelta, redoblando mis sollozos.  Lloro por mí, por él, por el eterno sufrimiento de la humanidad, palabras, racionalizaciones, no sé por qué lloro, sólo se que  siento el peso de un dolor muy grande, inmemorial, estancado. En esos momentos sólo soy el canal de una fuerza que no es sólo mía. Al parecer, según llegué a saber con el tiempo esos cánticos, esa música, abren canales energéticos en las personas, sacudirnos de nuestra inconsciencia habitual. A unos con más intensidad que a otros, por las circunstancias que sean, pero a nadie dejan impasible. Al terminar de llorar, horas más tarde, me siento muy aliviada, casi diría que curada de algo que llevaba dentro desde hacía mucho tiempo, no sé cuánto y cuyo nombre desconozco, pero no por eso me hacía menos daño. Menuda operación practicaron en mí los monjes tibetanos con el instrumental de música: no hubo sangre visible, pero sí lágrimas muy amargas que me liberaron de algo oscuro. Para ellos mi eterno agradecimiento.

 

III

 

Tras varias horas más de caminata, cansados y hambrientos, nos detenemos en una casa en medio del monte donde descansaremos un tiempo, nos dice Ashram, y comeremos algo mas contundente que hasta ahora. Allí nos recibe el patriarca de una gran familia; sus nietas y nietos  corren de un lado para otro al vernos aparecer, llamándonos y haciendo monerías para que los miremos. En la cocina, dos mujeres y un hombre preparan el plato nacional nepalí y menú casi único cuando se sale de las grandes ciudades. Le llaman dhal bhat tarkari y se compone de sopa de lentejas, arroz y verduras al curry. En ocasiones especiales se le añade algo de carne de buey o pollo. Mientras terminan de prepararlo en la cocina, nos sentamos en una sala con el suelo cubierto de alfombras y  vigas de madera en las que han hecho nido algunas parejas de golondrinas, que, sin importarles nuestra presencia, entran y salen de la habitación para llevar alimento a sus crías. Se sientan con nosotros algunos de los hombres de la casa, incluido el padre de la familia, que, saca un frasco de cristal finamente trabajado y nos ofrece chang preparado por él mismo. Es ésta una  bebida alcohólica, típica de la región del Himalaya, que se  prepara a partir de la cebada. Al beberlo produce una sensación suave en la garganta, es licor que alegra el espíritu y predispone a la apertura y la conversación. Sus efectos se dejan sentir rápido en nuestros cuerpos  cansados y hambrientos y una efervescente euforia nos anima y presta color al momento; charlamos y brindamos con nuestros anfitriones, conversando en inglés con ellos a través de  Ashram, y, entre nosotros, en una mezcla de español e italiano. Así, cuando llegan los platos, el ambiente es distendido y apetece compartir y disfrutar de la comida y la compañía.

En ese momento entra en la habitación una chica de unos veintitantos años. Arrastra su cuerpo dislocado de muñeca de trapo y gime como una niña pequeña, se ve que padece algún tipo de retraso mental. El padre, el hombre más anciano de la casa, se levanta, siempre con los movimientos  suaves, como de seda, de este pueblo, y tomando a la muchacha de la mano en un gesto lleno de afecto, la lleva a sentarse a su lado. Ella se queda allí, acurrucada como un animalito, aceptando las palabras tranquilizadoras del padre, que le acaricia tiernamente su cabecita despeinada. Ese gesto tan dulce, qué lección para el corazón ¿Voy  a echarme a llorar otra vez? A punto estoy, será de agradecimiento, entonces. Sonrío. Me siento plenamente feliz de estar aquí.

Quisiera bajar a la cocina, por afición y curiosidad, pero no está permitido que los extranjeros entren en el lugar donde se preparan los alimentos, y en este caso no se hacen distingos de sexo. De todas formas, salgo de la habitación, con una vaga disculpa, y aprovecho para asomarme; en un cuarto oscuro, lleno de humo, trabajan dos mujeres sudorosas, removiendo unas ollas renegridas que humean un olor delicioso.

No tardan en servirnos la sopa de lentejas, arroz y verduras con pollo al curry, el pollo debía tener la edad del reino del Nepal, por la consistencia de su carne, me alegro, comerlo fortalece los dientes. Aquí, junto con la comida se bebe agua o una cerveza lechosa, con muy poca espuma, que preparan ellos mismos con la cebada que cultivan en sus campos.

Cuando llega  la hora de continuar nuestra marcha, nos despedimos, uno por uno, de nuestros anfitriones, porque aunque nosotros somos en realidad clientes que pagan la comida, el comportamiento de esta familia es  de auténticos anfitriones. “Namasté,, Bye- bye”, nos dice adiós agitando las manos un grupo de niños sonrientes acompañados de perros famélicos. El padre, de la mano de su hija deficiente, nos acompaña hasta el inicio del sendero que vamos a tomar. “Namasté, namasté”, que quiere decir “lo divino que hay en mí saluda a lo divino que hay en ti”.

 

 IV

 

De nuevo en el camino nos topamos con gente que sube y baja, de acá para allá, casi siempre cargados con bultos y paquetes. Un hombre nepalí lleva a cuestas una cesta enorme donde se acurruca una anciana. El cabello cano de la mujer rodea un rostro seco, macilento. Miro hacia Ashram, “Es una enferma, un pariente la baja hasta el dispensario más cercano”. Esta es la única manera de transportar a los enfermos y heridos –nos explica- ya que estos caminos de montaña, tan abruptos, no permiten el paso de vehículo alguno. La vida es dura en estos parajes, que, por lo demás, son magníficos. Aquí se encuentra lo esencial; respirar el aire limpio y fresco, fuentes para refrescarse…el cuerpo y la mente se sienten libres de fronteras y de ataduras.

En este final de la etapa, muy cansados, caminamos en silencio la mayor parte del tiempo. Ya no estamos lejos de nuestro destino pero no lo alcanzaremos sin que nos caiga un buen chaparrón antes; el cielo se ha ido congestionando, aparece lechoso y pesado, así que  las lluvias vespertinas de la estación húmeda no se harán esperar mucho tiempo. Sacamos nuestros chubasqueros y empiezan a caer gotas que rápidamente se convierten en cortina de agua. Al igual que el resto de caminantes, buscamos refugio bajo unas rocas salientes al lado del camino. Tras un rato de furia, los cielos se calman, escampa la lluvia y reemprendemos la marcha. Ashram, como es su costumbre, ha desaparecido, luego surgirá de nuevo, más adelante, sin dar explicaciones que tampoco le pedimos, es algo muy habitual en él, ese estar y, al instante siguiente, haberse desvanecido en silencio, para luego regresar igual de misteriosamente.

El sendero ha quedado tan embarrado que vamos dando saltos de un lado a otro, en un intento por buscar los pasos menos anegados y resbaladizos, los estrechos bordes por donde podamos caminar sin hundir hasta el tobillo nuestras botas de montaña, que, a estas alturas, aprietan y pesan ya como cemento fraguado. A nuestro lado, aparece un hombre mayor, enjuto, la piel seca y morena pegada a los huesos. Se ha remangado los pantalones hasta la rodilla, lleva un paraguas en una mano, las sandalias en la otra y avanza en línea recta, siempre con el mismo paso, el mismo ritmo, sin alborotos ni sobresaltos. Bien diferente a nosotros cuatro, que marchamos a trompicones, saltando de aquí para allá, agotándonos en nuestras prisas, voceando y quejándonos. Poco a poco vamos dejando atrás al anciano. Unos cientos de metros más adelante, y para mi sorpresa, está de nuevo a nuestra altura. Con su pausada regularidad, a su paso siempre igual, pronto nos toma la delantera. Al rato somos nosotros los que le adelantamos esta vez. De nuevo nos alcanza, hundiendo sus pies desnudos en el barro, sin variar ni su trayectoria ni su paso, su ritmo siempre igual. Parecería un juego entre dos bandos, quizás lo es. Y así hacemos lo que resta de camino; él en su tranquilidad, ni nos ha mirado, nosotros en nuestro alboroto, mirando a todas partes. Finalmente, cuando ya se dibujan los techos de la pequeña aldea donde tomaremos el autobús, dejamos al hombre del paraguas definitivamente atrás.

A la entrada del pueblo hay una fuente en  la que se puede beber o lavarse. Allí, dos o tres niñas y un par de chavalines sucios, harapientos, de ojos luminosos en una cara radiante, han instalado un puestecillo donde, sobre una tela descolorida exponen su mercancía: unas botellitas llenas de un líquido oscuro; un mejunje de hierbas para desinfectar las heridas que los caminantes se hayan podido hacer en los pies. Les compro un frasquito. ¡Qué bellos estos niños! Y qué contentas sonríen las niñas mientras estiran la mano para recibir las rupias.

Exhaustos, agotados de caminar por el barro, por fin alcanzamos el autobús de línea. Ashram, en animada charla con el revisor, nos saluda desde la portezuela. Compramos los billetes y arriba. Miro, buscando un buen asiento y para mí sorpresa ¡allí está él!, sentado muy derecho en uno de los asientos del fondo, el hombre del paraguas. Observo sus pies, limpios y calzados en las sandalias. Su traje tan libre de barro como cuando salió de su aldea esta mañana.

El autobús recorre una carretera, o pista más bien, estrecha, surcada de socavones, bordeando cunetas, en medio de una lluvia estrepitosa. Dentro del vehículo, los viajeros somos zarandeados con furia de un lado a otro. Frenazos y bruscos saltos hacia delante y hacia los lados. Pronto la niebla nos envuelve y, por momentos, nos impiden ver las enormes grietas que se abren a los lados del camino. Casi es mejor así. Me agarro con una mano a la barra del asiento delantero, que casi me roza la nariz de lo estrecho que es el espacio, y con la otra me cojo de una mano de Javier y decido entregarme con él a nuestro destino, sea éste cual fuere. Confío en la pericia del conductor, y me encomiendo a la protección divina.

Anochece cuando el coche entra dando tumbos en la pequeña villa donde nos espera nuestro taxi. Allí está, aparcado a un lado de la plazoleta llena de gente y más autobuses. Supongo que el conductor no habrá querido arriesgar su cuidado vehículo por aquellas carreteras polvorientas de montaña, y por ese motivo hemos hecho parte del trayecto de vuelta en autobús, pero como no tengo fuerzas ni humor para conversar en ese inglés difícil, prefiero no preguntar nada a Ashram.

El tiempo justo para tomar un refresco y subimos a nuestro vehículo. Estamos casi en el final del trayecto; Katmandú no queda demasiado lejos, quizás diez o doce kilómetros. Nos acabamos de instalar, en el debido orden en cuanto a sexo y condición, cuando aparece ¡él! ¡El hombre del paraguas! Que se dirige a Ashram y al conductor. “Va a Katmandú, a ver a su hija, nos pide si podríamos llevarle; se le ha hecho un poco tarde para ir caminando”. Admirable.

Los cuatro extranjeros en la parte de atrás. Los tres nacionales se acomodan en el asiento de adelante. El coche arranca y emprendemos viaje de vuelta a Katmandú.

Fuera la noche se ha cerrado por completo dentro reina el silencio. Verdaderamente el tiempo es una ilusión, hay días que son casi una vida entera…– es mi último pensamiento antes de dormirme entre los cuerpos de mis compañeros de viaje.

Un oficio en el techo del mundo

Son las ocho de la mañana y hace tiempo que ha amanecido. En mitad de la plazoleta del pueblo, y a la espera de que llegue el momento de la partida, me entretengo en observar el exterior del coche de línea en el que viajaremos desde la frontera de Nepal hasta la ciudad india de Benarés; unas nueve horas de trayecto, si todo va bien. El vehículo es ancho y bajo, como achaparrado, muy diferente de los que estamos acostumbrados a ver en nuestras carreteras occidentales hoy en día. Deduzco que será porque el punto de gravedad más bajo los hace más estables, más pegados a la tierra, cosa importante en estos caminos.  La decoración que lo adorna es fascinante; me recuerda las casetas de feria que venían a mi tierra para cuando las fiestas patronales. La carrocería luce lo que pasarían por tatuajes admirablemente dibujados  sobre su piel metálica, una extraordinaria colección de imágenes de diosas bellísimas, adoradores de tales feminidades, danzarinas ondulantes, serpientes enlazadas siguiendo la curva de las ruedas, palabras en una lengua que parece hecha para formular encantamientos. Coronando el conjunto, de los hierros de la baca cuelgan banderines y cintas multicolores. Ahora caen lánguidas, pero una vez el vehículo tome velocidad, esas cintas se desplegarán como fascinantes trazos de colores y el vehículo no pasará desapercibido, no.

Mientras yo los contemplo ociosa, tres o cuatro jóvenes se afanan en sacar aún más brillo, si ello es posible,  a los cromados, a los faros, al guardabarros, a los parachoques, a la luna del parabrisas, hasta dejarlos absolutamente relucientes. Y es que en estas tierras, donde la inmensa mayoría de las gentes carecen de vehículo privado, un autobús es algo caro y muy valorado, pero tiene además como misión unir pueblos, aldeas con las lejanas ciudades, permite a la gente visitar a sus parientes, hacer negocios y transportar toda clase de mercancías.

Los jóvenes que hasta hace unos instantes andaban ocupados en la limpieza, pasan ahora a actuar como mozos de equipaje y  abren las puertas laterales en el vientre del vehículo donde los viajeros meten sus bártulos. Otros en cambio suben el equipaje a la baca, donde también algunos muchachos y niños se encaraman por la escalerilla trasera; viajar ahí arriba les sale más barato.

Mientras tanto, el chófer, en su función de custodio y guardián del vehículo, espera a los viajeros con rostro impasible ante la portezuela de subida. Lleva la cabeza cubierta con el turbante blanco característico de su etnia que le confiere un porte majestuoso, y él lo sabe. Los viajeros nos colocamos en fila ante él; Namasté, le saludan con mucho respeto los del país, nosotros hacemos lo propio y él inclina la cabeza sin perder el gesto grave y sin mirarnos a la cara. Con actitud ceremoniosa va tomando los billetes, que examina despacio, y luego, a una señal de la cabeza, nos indica que podemos subir al coche.

Una vez dentro, avanzamos por el estrecho pasillo, a un lado y a otro, las filas son de tres asientos cada una. Estos coches están fabricados en China en su gran mayoría y, por tanto, pensados para gente de constitución más pequeña y estrecha, en general, que los occidentales. Pero además, los asientos son de puro metal, nada de almohadillas o acolchados de goma espuma. Las filas centrales ya están ocupadas, así que retrocedemos y tomamos asiento en la segunda, tras el conductor; mejor, así podremos ver la carretera.

Como sabe que en ocasiones me mareo en los viajes, mi compañero de viaje me cede gentilmente el asiento de ventanilla. Él se acomoda en el medio y, a su lado, se instala un hombre de mirada fiera y cabeza muy alta. Enfundado pero bien a la vista, lleva un enorme puñal que sobresale del cinturón de su uniforme: es un soldado de la reserva nepalí agregado al ejército inglés.

Antes de que partamos y mientras se ultiman los preparativos, nos rodean vendedores que ofrecen su mercancía a través de las ventanillas abiertas: piñas muy dulces, mangos maduros, buñuelos aún crujientes, frituras variadas y el inevitable lassi, el delicioso yogur con frutas que se prepara en toda la zona. Nos da el tiempo justo de comprar alguna cosa antes de que el conductor grite de un grito en su idioma, los tres o cuatro muchachos ayudantes se suban alborozados y tomen asiento en los primeros lugares, en el mismo suelo, o reclinados sobre el salpicadero, formando un círculo admirado alrededor del chófer. Y entonces el coche arranca con rugido de león: ¡Qué delicia! Siento el aire en el rostro, como cuando viajaba de niña en aquellos autobuses de línea por mis tierras gallegas, íbamos entonces a  casa de mi abuela en la aldea o a Santiago; o cuando íbamos hacia Madrid, cruzando el puerto de Piedrafita, que aquello ya eran palabras mayores, todo un desafío para el conductor más avezado.

El vehículo avanza dando tumbos por la plazoleta cuyo suelo de tierra está lleno de baches, salimos del pueblo y no tardamos en enfilar una carreta estrecha por la que apenas cabrán dos vehículos, y no muy grandes; ahí empieza la fiesta: las tiras de banderines y guirnaldas que cuelgan del parabrisas bailan al ritmo del baqueteo, se oyen risas y gritos procedentes de allá arriba; supongo que sabrán agarrarse fuerte a los hierros de la baca. Uno de los jóvenes ayudantes pone música en un aparato: a todo lo que da el volumen, y entonces unos acordes rápidos y estridentes atronan el aire, exactamente lo mismo que cuando íbamos de excursión con el colegio, lo único que en esta ocasión es música india, de esa que sale en las películas bollywoodienses. Justo en ese momento álgido de la salida, a causa de los movimientos bruscos, cae al suelo una de las muchas estampitas que van colocadas entre el cristal y la goma que lo sujeta, ¡ay no, eso no!, que no se ¿arruine? ninguna protección, que tenemos un viaje muy largo por delante, y peligroso: cruzaremos en autobús el techo del mundo, nada menos. Tranquilos, enseguida uno de los ayudantes se lanza a recogerla, la toma en sus manos, se la lleva a la frente en un gesto de respeto y la vuelve a colocar en su lugar. El chofer, sin apartar la vista del frente, hace un movimiento seco de aprobación con la cabeza y el joven le devuelve una sonrisa.

Y es que ha de estar muy atento el conductor, porque en este lugar del mundo, los bordes de la carretera andan siempre muy transitados: sorprende la cantidad de niños vestidos con ropas heredadas de otros niños más mayores, mujeres de andar ondulante cargando enormes bultos, hombres de paso grave, vacas, muchas vacas blancas y bueyes oscuros, perros y hasta gallinas. ¿Adónde van esas gallinas? No sé, es de imaginar que se desplazan de una aldea a otra siguiendo la estela de caminantes, acaso en busca de la comida que se les pueda ir cayendo. De todas formas, se ve que nuestro piloto conduce con los cinco sentidos puestos en la tarea y, con pericia, logra sortear los obstáculos, humanos y animales, con lo que en ningún momento hay que lamentar pérdida alguna. Eso sí, se ayuda continuamente del claxon: para avisar, para espantar a las gallinas, para abrirse paso entre el incesante tráfico de personas y bestias. Estoy convencida de que disfruta además de hacerse ver, hay que dejar claro quién manda aquí, ojo, tanto a los de dentro como a los de fuera.

La confianza en el conductor es una de las bases para un viaje tranquilo y agradable, reflexiono mientras improviso un cojín con una prenda de ropa para hacer el asiento más cómodo y  disfruto de la combinación de la música a todo volumen, del paisaje de las cercanas cumbres y del aire fresco en el rostro, porque, en verdad es estupendo; en estos vehículos se pueden abrir las ventanillas, algo que echo mucho de menos en los modernos autocares de línea occidentales. Pero ¡ay!, de ese instante de placer me arrancan los insistentes pitidos del claxon; el conductor está como enfurecido y lo hace sonar sin tregua. Cuando me asomo para ver la causa de tanta alarma, veo con horror que otro autobús semejante al nuestro se aproxima hacia nosotros haciendo sonar el claxon con igual furia: los coches avanzan uno frente al otro por el centro de la angosta carretera; pitan y pitan a su oponente como para amedrentarlo y obligarlo a echarse a un lado. ¡Ay madre, que nos la pegamos! Me tenso clavándome todos los hierros del asiento, agarro la mano de mi compañero, el corazón en un puño, aun así tengo tiempo de observar que la mayoría de pasajeros no se inmutan, permanecen tan flemáticos como en tierra, sólo algún extranjero como nosotros parece alarmado… en el último instante, cuando, a través del parabrisas, ya nos vemos las caras los viajeros de las primeras filas de un vehículo y los del otro, cada chófer cede un tanto, un ligero volantazo, y ambos vehículos logran pasar indemnes. ¡Larga vida a nuestro diestro conductor! Como comprobaremos de ahora en adelante, este reto entre titanes es muy frecuente, y casi siempre, casi siempre, termina bien: los dos se desvían un tanto, lo suficiente para apenas pasar rozando y, al tiempo, quedar como el vencedor del duelo. Los jóvenes ayudantes sonríen y dan palmadas en la espalda a nuestro guía, reconociendo de esa forma su valor y su triunfo ante las dificultades; el héroe, impávido ante los halagos, continúa con la vista fija en la carretera. De sobra sabe que ha sido una maniobra arriesgada, demostrativa de su arrojo y gallardía ante el adversario de la otra compañía de línea – al que hemos de suponer tan brioso como el nuestro-.

Es patente que el hombre conoce su oficio. Esos jóvenes que lo acompañan están allí como aprendices –me explica el vecino soldado- deseosos ellos mismos de ocupar algún día ese disputado puesto que no está al alcance de cualquiera. Como un séquito, lo acompañan con su conversación, le pasan pastelillos y agua – confío en que no sea alcohol, he oído casos de conductores que acababan en un estado tal que, en ocasiones, los propios viajeros los tumbaban un buen rato en los asientos de atrás hasta verlos recuperados, y les aplicaban  luego un paño húmedo para espabilarlos del todo. Así son aquí de pacientes.

Vamos haciendo múltiples paradas en aldeas e incluso en medio de la calzada: suben unos, bajan otros en un incesante trasiego de personas y, en ocasiones, hasta de animales: conejos, gallinas y alguna cabra viajan en el pasillo. Aprovechan entonces la miríada de vendedores que se ganan la vida ofreciendo frutas, pastelillos y zumos a través de las ventanillas. También aprovecha el conductor para bajar, estirar las piernas y tomar un bocado o beber algo. Ha de descansar, pues nadie lo sustituirá durante el viaje; aquí las cosas son así, por unos 2 euros que cuesta el viaje, no podemos pretender tener el lujo de un segundo chófer. Por lo demás, hay momentos en los que avanzamos muy despacio debido al difícil estado del firme lleno de cascotes, barro y baches, o por el exceso de tráfico, pero nuestro piloto ejecuta virajes diestros, pausados, sin forzar la conducción. Aquí no hay un cartel que ponga “prohibido hablar con el conductor” pero todo el mundo entiende que no es momento para conversaciones, por eso los muchachos aprendices, antes tan dicharacheros, no lo distraen ahora con sus comentarios, al contrario, imitan el comportamiento de su admirado piloto y permanecen muy callados, con la vista fija en el camino. Pronto llegará la prueba de fuego: la carretera serpentea por  cortados, casi abismos, estamos en la cordillera del Himalaya: el coche se balancea y los pasajeros somos zarandeados de un lado para otro: a la derecha está la montaña, con desprendimientos visibles, al otro lado se abre el vacío, pues no vemos el fondo de las simas que se abren al borde mismo de la carretera sin asfaltar. Menos mal que ahora apenas hay tráfico en esta zona tan escarpada. A pesar de la confianza que me da su habilidad, yo no aparto la vista de la carretera. Bien que rezaría si ahora mismo me acordase de alguna oración, pero no se me ocurre nada más que ponerme a canturrear, cualquier cosa, algo alegre que me distraiga.

Es entonces, nada más pasar una curva, y de las peores, cuando nos topamos con un bulto tirado en medio del camino. Parón en seco que evita un casi seguro atropello. Gracias a los reflejos del conductor no le hemos pasado por encima. ¿Pero, qué ocurre? ¿Qué es eso? ¿Algún animal muerto? Enseguida se levanta nuestro guía seguido de sus acólitos, los viajeros nos inclinamos queriendo ver, sacamos las cabezas por las ventanillas, finalmente, al ver que se han quedado de pie frente al obstáculo, optamos por bajar nosotros también y formamos un corro alrededor…

¡Cuál no será nuestra sorpresa!: aquello que yace en el suelo resulta ser una mujer anciana, dormida, tal vez borracha. El pelo greñoso y entrecano le sobresale bajo el velo, las ropas oscuras, sucias de polvo. Debe de ser una mendiga, de la casta más baja, si no, no se explica su situación. Observamos perplejos la escena. Uno de los viajeros occidentales, animado de un espíritu resuelto, propone en inglés adaptado y mucho uso de imperativos, apartarla del camino, con suavidad, naturalmente, no se trata de hacer daño a nadie, aclara el extranjero. El chófer y su grupo lo miran entre extrañados y ofendidos. ¿Cómo vamos a hacer una cosa semejante? De ninguna manera, hay que respetar el devenir de los hechos, aceptar los acontecimientos tal y como se presentan, ¿quiénes somos nosotros para intervenir? Habremos de esperar a que se levante por ella misma, dice, ordena, el conductor: impone su autoridad indiscutible en aquel lugar y situación, como haría el capitán de un barco. Los demás, llenos de justa indignación, nos volvemos a mirar al que ha hablado; estamos en Oriente, pero aún así ¿qué se ha creído? El hombre titubea, da un paso atrás: la tensión es grande.

Así las cosas y bajo un sol abrasador, la mayoría de los viajeros regresamos al autobús a esperar pacientemente la resolución del caso. Mientras, y por hacer tiempo, comemos algo, bebemos agua y charlamos los unos con los otros; entonces descubrimos que, por lo general, los nativos son gente amigable y curiosa tras su apariencia tan flemática; incluso nuestro compañero de asiento nos invita a un trago de chang, licor de cebada y arroz. Muy bueno, gracias, thanks, salud. Nosotros le devolvemos la invitación ofreciéndole unos buñuelos de almendra. Namasté, thank you very much, acepta. Aún habrá de pasar un buen rato hasta que la anciana se levanta del suelo como puede, sonríe enseñando sus encías desdentadas, murmura alguna cosa que no entiendo y va a sentarse al borde del camino riéndose ella sola. El conductor,  a estas alturas se diría que casi caudillo, hace un movimiento de cabeza y los pocos viajeros que quedaban en la carretera suben al vehículo y arrancamos sin más mientras ella nos despide con la mano y sigue riéndose por entre sus escasos dientes renegridos. Miro a las montañas alrededor; se ven muy solitarias con esa bruma que las envuelve.

Un par de horas más tarde hacemos una parada en una fuente que mana de la misma roca de la montaña. Nuestro guía se baja, se refresca del calor y del polvo del camino, y los demás no tardamos en imitarle. El largo viaje es fatigoso para nosotros, cuánto más para él, que lo hará varias veces por semana. Por cierto, pienso, que es una profesión difícil la suya, expuesta a múltiples peligros, apta únicamente para alguien infatigable. Su desempeño precisa de pericia, valor, autocontrol; hombría en definitiva, por eso ser conductor de autobús de línea aquí es como en otras partes ser piloto de avión, o capitán de un pequeño navío: despierta la admiración del pueblo, y su oficio le procura además un salario muy decente para lo que se ofrece por aquí. ¿Qué joven humilde y honrado no lo querría para sí?  ¿Qué familia del pueblo no anhelaría tal empleo para su hijo?

Cae la noche cuando, sanos y salvos, entramos dando tumbos en la ciudad de Benarés. Los aprendices rebullen, se sonríen unos a otros con sus dientes blanquísimos, dan palmadas en la espalda del conductor, quien al fin frena en seco dentro de la destartalada estación de autobuses. Ya los viajeros nos levantamos entumecidos y recogemos nuestras pertenencias; no, no falta nada. Ya bajamos los que íbamos dentro y los que viajaban arriba. Namasté, señor conductor. Muchas gracias, thank you so much. Namasté, nos responde inclinando ligeramente la cabeza, sin que por ello se le descoloque el turbante. Orgulloso de su hacer, complacido de que se lo reconozcan; esta vez su rostro luce una media sonrisa mientras, ahora sí, nos mira a los ojos.

La vida secreta del árbol

Si fue ésta una experiencia real o imagen hipnopómpica de una conciencia al borde del sueño, no sabría decirlo. El caso es que, moderna Alicia, mis sentidos traspasaron la barrera que separa la realidad visible de lo invisible y me encontré entre las raíces del árbol que cobijaba mi sueño. Increíblemente, los extremos de aquella raigambre se movían como dedos humanos, penetrando la oscura tierra en busca de alimento. Como intestinos velludos sorbían las sustancias para trasformarlas en savia que ascendía por las arterias del tronco hacia las ramas extendidas del árbol y llevaba fresca vida a la más alta de las yemas. En ese instante me trasformé en árbol y el árbol era yo: espacio sagrado donde la vida bullía en silencio, generándose a sí misma en espiral movimiento que desde la honda oscuridad cruzaba la tierra madre hasta el azul infinito.